miércoles, 27 de abril de 2011

Cuatro de Marzo.

Leonardo siempre fue un tipo desordenado. Sus recuerdos, memorias y experiencias eran sólo apuntes escritos con letra rápida pegados con scotsh dentro de un cuaderno de finanzas. A veces te lo podías encontrar en los pasillos viendo por largas horas fotos, quizás recordando cuando fueron tomadas. Su cara siempre había mantenido el tono de cuando éramos chicos, cuando estábamos en el colegio, ¿te acuerdas? Yo iba tres cursos más arriba que tú. Lo único que había cambiado de él eran sus ojos, que se habían vuelto más blancos y profundos con el tiempo. Me acuerdo que una vez, como broma, para su cumpleaños le regalamos una crema para las ojeras. Crema que terminé usando yo, por culpa tuya y del Leo que no quiso que lo hueviaramos más.
A pesar de todo, el Leo parecía tener una vida tranquila: ganaba bien, lo suficiente, vivía solo en un feroz departamento en Providencia, viaja cada tanto, sus fotos causaban furor en europa, aunque nunca la pisó; sus viejos lo querían y no tenía muchos amigos, aunque los que tenía éramos de los buenos.


El único punto débil del Leo era Pamela. Lo fue al principio y lo siguió siendo hasta... bueno, hasta ya sabes.
Me acuerdo que conocimos a la Pamela una vez que ayudamos a un curso de mi hermana a hacer un trabajo donde teníamos que vender unas macetas con plantas de papel crepé. Con el Leo saludamos a todos y cuando saludó a la Pamela y luego seguimos caminando, sus ojos no se despegaban del pelo largo y castaño de la Pame. Tuve que zamarrearlo un poco para que me pescara cuando fuimos a buscar las canastas. Una semana después, nos tuvimos que juntar con ellas de nuevo para pasarles la plata. La Tamara, compañera de mi hermana, nos pasó una luca a cada uno. Hablamos un poco y luego nos fuimos. Cuando íbamos caminando a esa completería que hay cerca de la estación del metro Viña del Mar a comer algo, el Leo me dijo: "hueón, te juro, me voy a casar con esa mina". Yo me cagué de risa, estábamos en tercero medio no más. Le dije coloriento.
Sea como sea, el tiempo pasó. De un momento a otro, el Leo, mi hermana, sus compañeras -obviamente la Pamela- y yo hicimos grupo. Nos juntábamos cada tanto y tomábamos vino con frutas y pisco. A veces carreteábamos el fin de semana entero. Me acuerdo que la Pame andaba con un tipo que a nadie le caía bien, y que el Leo lo odiaba por estar con ella. Sentía que se la habían quitado sin siquiera haber tenido algo. Por ahí por el 2006 la Pame había pateado a este loco. Joaquín, creo que se llamaba. La Pame no estaba un pelo de triste, pero el Leo estaba lo más feliz de la vida. Carreteamos un fin de semana, por Abril y terminamos demasiado curados. Cuando me desperté, con feroz caña, vi algo que me sorprendió: en un sillón, estaba la Pamela durmiendo semi abrazada del Leo, tomados de la mano. Me sonreí y no molesté a nadie y me hice el hueón. Una semana después, al Leo no se le podía quitar la risa de la cara. Y me contó: no se comieron ni nada, sólo se quedaron hablando hasta tarde cuando la Pame le tomó la mano y se acurrucó a su lado y siguieron conversando. Comenzaron a salir y a verse a cada rato. Un mes después ya todos sabíamos que andaban juntos. A los 4 meses estaban pololeando "oficialmente".
Duraron como dos años juntos, esa vez.
Pero el hombre propone y dios dispone: terminaron cerca de enero y la Pamela mandó a volar al Leo que intentó todo lo posible. El tipo se rompió, te juro. Los primeros meses fueron horribles. Una vez estábamos carreteando para apalear la pena y después de unos cuantos copetes terminó llorando conmigo en unos escaños con una botella de vodka con jugo de limón. El Leo se había deshecho de todas las fotos -me dijo que las había quemado, pero las había guardado en la cómoda que tenía en su pieza- y cosas que tuvieran que ver con la Pamela, pero en su cabeza los recuerdo estaban aun más vivos que antes: a todo color, fuertes, vibrantes, como burlas que lo insultaban diciéndole que en su mente estaba con ella, mientras en la realidad estaba más solo que un dedo.


Por ahí por junio, el Leo parecía recuperado. Se reía de nuevo y hueviaba con nosotros. El grupo se había desintegrado, pero quedaban un par de fieles que seguíamos saliendo cada tanto. Él decía que estaba bien, pero desde aquel entonces sus ojos comenzaron a ensombrecerse y a adquirir el color que tenía la última vez que lo vimos, ¿te acuerdas? sus ojeras eran casi tan negras como las chaquetas de cuero que usaba.


El Leo conoció varias minas cuando estábamos en la U. Salió con varias, pero nunca duró mucho. Una vez, curados, me dijo que había visto a la Pamela en el metro una vez con un tipo. Ella lo vio nerviosa y se rió escondiendo la cara. El Leo se dio media vuelta y se cambió de vagón. Me dijo que él sabía, que en el fondo de lo que sea que tuviera dentro de los huesos, nunca iba a poder olvidar a esa mina. Curao, le dije que demás, que era heavy, pero en el fondo pensaba que no era más que otra etapa de negación no más. Hasta que pasó el asunto del 2016: el Leo estaba trabajando, sacando fotos. Como andaba con poca plata por aquel entonces, aceptó la pega de una oficina de hacer un perfil de sus trabajadores. Lo que no sabía era que la Pamela trabajaba ahí. Cuando entró ella a hacerse la foto, el Leo se quedó congelado sosteniendo la batería de recambio de la cámara. La Pamela lo saludó como lo más natural del mundo, diciéndole "tanto tiempo". El Leo le sacó la foto y hablaron un par de palabras, en una conversación vacía que terminó en un "ojalá nos veamos de nuevo y no te pierdas" de parte de la Pamela. Él me dijo que cuando ella cerró la puerta, él quedó atónito sosteniendo la cámara, viendo a la tipa esa en la pantalla de LCD: estática, perfecta como antes, añejada ligeramente con el tiempo. Cuando terminó las fotos, se quedó con una copia.
Una semana después, cuando el libro estaba listo, la empresa hizo una feroz fiesta en un hotel que queda por Av. Álvarez, en Viña. A él lo invitaron por ser el fotógrafo no más. Me decía que se quedó en la barra, sentado, dibujando en las servilletas puras hueás. Sabía que quizás la Pamela estaba ahí, pero le daba miedo buscarla. Hasta que ella se sentó a su lado y lo saludó y pidió un gin con gin. Ella le metió conversa. El Leo me dijo que parecía estar pasada de copas. Estuvieron hablando -y tomando- toda la noche. Ambos estaban demasiado curados y terminaron yéndose de la fiesta a la casa de la Pamela por la subida a Agua Santa. Tiraron, sí.
Cuando el Leo despertó en la mañana se vio acostado en esa pieza junto con la Pamela a su lado, como antes. Sonó el teléfono y la Pamela ni se inmutó, así que para no despertarla, el Leo descolgó el teléfono y lo puso en su oreja. "¿Amor? ¿Amor, estás despierta? ¿Vas a venir al aeropuerto, acuérdate que llego en la tarde a Santiago". Me acuerdo que cuando me dijo esta parte, sus dientes rechinaron. Y no es para menos: cuando colgó, impactado, levantó las sábanas y más adelante del cuerpo desnudo de la Pamela, estaba su mano con un anillo en el dedo. Cruel po.
El Leo se vistió y salió de esa casa, cuidando de no hacer ruído, ahogando el portazo que quería darle a la puerta. Cuando hablaba del camino a la casa, olvidaba detalles a propósito, haciéndose el hueón, como si no recordara como llegar. Pero, obviamente, lo sabía. Fue como en junio cuando llegó a esa casa donde vivimos en Viña antes de mudarnos acá. Estaba muy borracho, pero lúcido. Me dijo que había pasado sentado bajo un árbol en la acera del frente hasta que la luz en la casa de apagó. Su única compañía era una petaca de Mistral y un pito que le regalaron.
Pamela le mandó un mail. No se atrevió a decirle las cosas a la cara. Decía algo como que lo sentía, que nada estaba dentro de los planes. Que estaba casada hace un año y que en realidad nunca se le había pasado por la mente volver a meterse con él entre las sábanas, porque para ella era pasado-pisado.
Y sí que lo pisó.
No volvieron a hablar en bastante tiempo. Unos años, creo. Tres, quizás. Leonardo ya estaba viviendo acá en Santiago, y nosotros a un mes de casarnos. Fue le padrino.
No sé cómo, la Pamela se enteró de que nos casábamos y envió esa postal felicitándonos. Pero eso no era todo, de alguna manera también se enteró de donde vivía el Leo. Y ese fue el detonante.


Fue el 3 de marzo. Me acuerdo bien, porque me llamó en la noche, al celular, justo cuando cumplía años mi mamá y yo estaba con ella. Estaba seriamente alterado y decía que no sabía que hacer. Me dijo que la Pamela se había aparecido en su casa, en su propia puerta. Me dijo que se veía serena, pero ocultando algo. La Pamela se quedó en la puerta, diciéndole que había pasado mucho tiempo, que había estando pensándolo desde hace unos años atrás y que al fin se había dado el coraje de... El Leo la paró. Le dijo que cómo se atrevía a aparecer en su casa, que de donde había sacado que él vivía ahí, que cómo era tan maraca como para después de tanto tiempo volver a abrir la herida. Ella le dijo que fue la propia Tamara -¿recuerdas que la invitamos al matrimonio y que no pudo venir porque estaba enferma?- la que le dijo sobre su paradero. Ella aún conversaba con Leo. La cosa es que la Pamela le decía que necesitaba verlo. Necesitaba conversar. El Leo se enfureció, porque a pesar de que muy probablemente aun sentía cosas por ella, sentía que era una persona completamente distinta, una copia, una emulación de lo que fue la Pamela. Tomó un vaso y lo tiró al suelo gritando que se fuera lo más lejos posible y que no se atreviera a buscarlo de nuevo. Yo cacho que más que nada por respeto a él mismo de sentirse tan dolido. La Pamela subió el tono, argumentando que tenían que hablar, pero el Leo no cedió. La Pamela se puso a llorar y le dijo que se había esperado un recibimiento malo, pero nunca así. Le dijo que en el fondo, estaba confundida. Y más por lo que había venido a hacer a Santiago. El Leo le gritó por última vez y le dijo que se fuera. La Pamela, llorando, le dijo que debía pasar, que debía enterarse y le tiró un sobre marrón a los pies mientras daba pasos asustadizos hacia atrás. Cuando el Leo le gritó, salió corriendo y él cerró la puerta lo más fuerte que pudo. Se quedó mirando el sobre un rato, hasta que decidió tomarlo. Lo cogió por los bordes con intención de romperlo, hasta que antes de terminar el trabajo, vio una foto saliendo de adentro. Y se sentó. Y leyó. Y lloró.
Puta, es la hueá más penca que le pudo haber pasado. La Pamela ahora tenía un hijo, de dos años y medio. La mina le contaba en una carta hecha en hojas de cuaderno como esos de caligrafía, que el hijo era de él. Que ella lo sabía, porque a pesar de que se acostó con su marido ese mismo día y eso en un principio la calmó pensando que era de él, la guagua tenía sus mismos ojos. Y no me refiero a color: la guagua en la foto tenía los mismos ojos semi caídos del Leo, el mismo semblante, la misma sombra. Cuando el Leo vio la foto, se vio reflejado en la cara de un niño. Lo supo. Le quedó claro. El tipo estaba devastado en lo más profundo de las vértebras.
Después de varias horas de hacer nada en el departamento, hasta que las luces se licuaban en el horizonte y la ciudad empezaba a brillar, el Leo decidió llamarme. Y fue esa llamada de la que te hablo. Yo me quedé mudo: no podía entender cómo es que la vida daba tantas vueltas y cómo, precisamente, en la vuelta más retorcida que podía tocar. Le dije que se calmara y que más rato me pasaba a su casa, pero me dijo que no. Dijo que necesitaba estar solo. Y no le creí.
Una hora después llegué a la puerta de su departamento con una botella de ron. Golpeé, pero nadie nunca abrió. Fue a la bajada que el nochero me dijo había salido hace un rato. Y lo esperé. A eso de las 3am no aguanté más y me vine al departamento.
El resto es historia: el 4 de marzo hubo un accidente en la madrugada, en plena Alameda, que salía en las noticias de la mañana. La única víctima era Leonardo Rodríguez Pereda. Me rompí.
Según los informes de la policía y los testigos, el tipo iba corriendo por la Alameda, hasta que cruzó una calle, sin mirar hacia el lado en que una micro del Transantiago le pasó por encima y lo mandó a volar 20 metros más allá, cayendo en seco dejando una estela de sangre. Aparecimos varios del grupo ese día en el hospital. Pero no la Pamela. Entre sus pertenencias, estaba la dichosa carta y la foto. Y ahí fue cuando las investigaciones de policía y el resto, dieron con la Pamela. El esposo se enteró y mandó a hacer exámenes de ADN, comprobando que lo que decía la Pamela, era verdad: el hijo era del Leonardo. Y su nombre era, curioso, Joaquín.
El tipo, furioso, dejó a la Pamela y pidió el divorcio. La Pamela terminó sola con el niño en la casa de sus padres. Hasta hoy dicen que son los papás los que crían al cabro chico y que la Pamela está un poco fallada. No tuvo cargos, fue un accidente.
La mamá del Leonardo cada tanto va a ver al niño y según me contaron, siempre termina llorando cada vez que va.


Te cuento esto -a pesar de que no es la primera vez que te cuento la historia-, porque la vida es cuática. Porque hoy es 4 de marzo y porque hace 2 años que el Leonardo no está. Porque es extraño como un amor puede matarte o puede salvarte. Porque, por ejemplo, tú me aceptaste y has estado conmigo siempre y desde que pasó esto, creo que soy capaz de sentirme afortunado de que tú me hayas tocado y no una mina como la Pamela. Como que me hizo crecer un poco, sentirme mejor, aferrarme a tierra. Y también porque se lo debo a un gran amigo, que murió con el corazón roto. Con los hueso quebrados y los sesos sobre el pavimento frío en una ciudad fría. Porque creo que es una lección y que nadie la debería de pasar por alto.
La vida y el amor no son juegos. Y la Pamela nunca lo entendió. Y por jugar y jugar, no se quemó ella tanto, si no que incineró la vida de la persona que quizás más la quiso en toda su vida.
La vida mata, sí, pero a veces puede matar de la peor forma posible.
Es por eso mientras esté a tu lado siento que me mata, pero lento y no duele para nada.
Porque a diferencia de este caso, tú me salvaste.
Tú no jugaste conmigo.


Ya, lo siento: dame un beso. Te prometo que no volveré a tocar el tema.
No quizás, hasta el próximo 4 de marzo.
Vamos a comer algo.

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