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sábado, 31 de marzo de 2012

Parece que viste un fantasma.

Podría pecar de previsible, pero da lo mismo. Tampoco soy culpable de nada. Punto uno, no es que no quisiera escribir, no podía. Punto dos, sigue siendo extraño que a pesar de que uno crea en algo toda la vida, de repente te aburras de tener razón. ¿Cuánto me demoré? Un minuto cuando veía al suelo, más o menos. Bueno, era así la cosa, minutos más, minutos menos, toda una orquesta coordinada para que las cosas ocurran.
Debía pasar, yo cacho. ¿Para qué? Ni idea. Darme cuenta de algo, quizás.
Eso es lo curioso. Sé y no sé.
Y vi un fantasma, pero no sé si yo fui visible también. A lo mejor fui transparente, tendría sentido. Y eso que creo que ahora soy un poco más opaco que antes, y no es por el sol.
20 minutos de querer escribir como bestia, pero imposible: había cedido mi asiento.
Ver todo y ver nada.
¿Se cacha?
Hay gente que está y no está al mismo tiempo.
Yo no sé, pero lo que sí sé es que yo no era un fantasma. Yo estaba allí.
Quizás sí, estaba allí: solo, como en casi todos mis viajes en metro.
La realidad es siempre, siempre, SIEMPRE, más extraña que la ficción.
Eso está claro.

O está más o menos claro, hasta que pasa.

miércoles, 27 de abril de 2011

Cuatro de Marzo.

Leonardo siempre fue un tipo desordenado. Sus recuerdos, memorias y experiencias eran sólo apuntes escritos con letra rápida pegados con scotsh dentro de un cuaderno de finanzas. A veces te lo podías encontrar en los pasillos viendo por largas horas fotos, quizás recordando cuando fueron tomadas. Su cara siempre había mantenido el tono de cuando éramos chicos, cuando estábamos en el colegio, ¿te acuerdas? Yo iba tres cursos más arriba que tú. Lo único que había cambiado de él eran sus ojos, que se habían vuelto más blancos y profundos con el tiempo. Me acuerdo que una vez, como broma, para su cumpleaños le regalamos una crema para las ojeras. Crema que terminé usando yo, por culpa tuya y del Leo que no quiso que lo hueviaramos más.
A pesar de todo, el Leo parecía tener una vida tranquila: ganaba bien, lo suficiente, vivía solo en un feroz departamento en Providencia, viaja cada tanto, sus fotos causaban furor en europa, aunque nunca la pisó; sus viejos lo querían y no tenía muchos amigos, aunque los que tenía éramos de los buenos.


El único punto débil del Leo era Pamela. Lo fue al principio y lo siguió siendo hasta... bueno, hasta ya sabes.
Me acuerdo que conocimos a la Pamela una vez que ayudamos a un curso de mi hermana a hacer un trabajo donde teníamos que vender unas macetas con plantas de papel crepé. Con el Leo saludamos a todos y cuando saludó a la Pamela y luego seguimos caminando, sus ojos no se despegaban del pelo largo y castaño de la Pame. Tuve que zamarrearlo un poco para que me pescara cuando fuimos a buscar las canastas. Una semana después, nos tuvimos que juntar con ellas de nuevo para pasarles la plata. La Tamara, compañera de mi hermana, nos pasó una luca a cada uno. Hablamos un poco y luego nos fuimos. Cuando íbamos caminando a esa completería que hay cerca de la estación del metro Viña del Mar a comer algo, el Leo me dijo: "hueón, te juro, me voy a casar con esa mina". Yo me cagué de risa, estábamos en tercero medio no más. Le dije coloriento.
Sea como sea, el tiempo pasó. De un momento a otro, el Leo, mi hermana, sus compañeras -obviamente la Pamela- y yo hicimos grupo. Nos juntábamos cada tanto y tomábamos vino con frutas y pisco. A veces carreteábamos el fin de semana entero. Me acuerdo que la Pame andaba con un tipo que a nadie le caía bien, y que el Leo lo odiaba por estar con ella. Sentía que se la habían quitado sin siquiera haber tenido algo. Por ahí por el 2006 la Pame había pateado a este loco. Joaquín, creo que se llamaba. La Pame no estaba un pelo de triste, pero el Leo estaba lo más feliz de la vida. Carreteamos un fin de semana, por Abril y terminamos demasiado curados. Cuando me desperté, con feroz caña, vi algo que me sorprendió: en un sillón, estaba la Pamela durmiendo semi abrazada del Leo, tomados de la mano. Me sonreí y no molesté a nadie y me hice el hueón. Una semana después, al Leo no se le podía quitar la risa de la cara. Y me contó: no se comieron ni nada, sólo se quedaron hablando hasta tarde cuando la Pame le tomó la mano y se acurrucó a su lado y siguieron conversando. Comenzaron a salir y a verse a cada rato. Un mes después ya todos sabíamos que andaban juntos. A los 4 meses estaban pololeando "oficialmente".
Duraron como dos años juntos, esa vez.
Pero el hombre propone y dios dispone: terminaron cerca de enero y la Pamela mandó a volar al Leo que intentó todo lo posible. El tipo se rompió, te juro. Los primeros meses fueron horribles. Una vez estábamos carreteando para apalear la pena y después de unos cuantos copetes terminó llorando conmigo en unos escaños con una botella de vodka con jugo de limón. El Leo se había deshecho de todas las fotos -me dijo que las había quemado, pero las había guardado en la cómoda que tenía en su pieza- y cosas que tuvieran que ver con la Pamela, pero en su cabeza los recuerdo estaban aun más vivos que antes: a todo color, fuertes, vibrantes, como burlas que lo insultaban diciéndole que en su mente estaba con ella, mientras en la realidad estaba más solo que un dedo.


Por ahí por junio, el Leo parecía recuperado. Se reía de nuevo y hueviaba con nosotros. El grupo se había desintegrado, pero quedaban un par de fieles que seguíamos saliendo cada tanto. Él decía que estaba bien, pero desde aquel entonces sus ojos comenzaron a ensombrecerse y a adquirir el color que tenía la última vez que lo vimos, ¿te acuerdas? sus ojeras eran casi tan negras como las chaquetas de cuero que usaba.


El Leo conoció varias minas cuando estábamos en la U. Salió con varias, pero nunca duró mucho. Una vez, curados, me dijo que había visto a la Pamela en el metro una vez con un tipo. Ella lo vio nerviosa y se rió escondiendo la cara. El Leo se dio media vuelta y se cambió de vagón. Me dijo que él sabía, que en el fondo de lo que sea que tuviera dentro de los huesos, nunca iba a poder olvidar a esa mina. Curao, le dije que demás, que era heavy, pero en el fondo pensaba que no era más que otra etapa de negación no más. Hasta que pasó el asunto del 2016: el Leo estaba trabajando, sacando fotos. Como andaba con poca plata por aquel entonces, aceptó la pega de una oficina de hacer un perfil de sus trabajadores. Lo que no sabía era que la Pamela trabajaba ahí. Cuando entró ella a hacerse la foto, el Leo se quedó congelado sosteniendo la batería de recambio de la cámara. La Pamela lo saludó como lo más natural del mundo, diciéndole "tanto tiempo". El Leo le sacó la foto y hablaron un par de palabras, en una conversación vacía que terminó en un "ojalá nos veamos de nuevo y no te pierdas" de parte de la Pamela. Él me dijo que cuando ella cerró la puerta, él quedó atónito sosteniendo la cámara, viendo a la tipa esa en la pantalla de LCD: estática, perfecta como antes, añejada ligeramente con el tiempo. Cuando terminó las fotos, se quedó con una copia.
Una semana después, cuando el libro estaba listo, la empresa hizo una feroz fiesta en un hotel que queda por Av. Álvarez, en Viña. A él lo invitaron por ser el fotógrafo no más. Me decía que se quedó en la barra, sentado, dibujando en las servilletas puras hueás. Sabía que quizás la Pamela estaba ahí, pero le daba miedo buscarla. Hasta que ella se sentó a su lado y lo saludó y pidió un gin con gin. Ella le metió conversa. El Leo me dijo que parecía estar pasada de copas. Estuvieron hablando -y tomando- toda la noche. Ambos estaban demasiado curados y terminaron yéndose de la fiesta a la casa de la Pamela por la subida a Agua Santa. Tiraron, sí.
Cuando el Leo despertó en la mañana se vio acostado en esa pieza junto con la Pamela a su lado, como antes. Sonó el teléfono y la Pamela ni se inmutó, así que para no despertarla, el Leo descolgó el teléfono y lo puso en su oreja. "¿Amor? ¿Amor, estás despierta? ¿Vas a venir al aeropuerto, acuérdate que llego en la tarde a Santiago". Me acuerdo que cuando me dijo esta parte, sus dientes rechinaron. Y no es para menos: cuando colgó, impactado, levantó las sábanas y más adelante del cuerpo desnudo de la Pamela, estaba su mano con un anillo en el dedo. Cruel po.
El Leo se vistió y salió de esa casa, cuidando de no hacer ruído, ahogando el portazo que quería darle a la puerta. Cuando hablaba del camino a la casa, olvidaba detalles a propósito, haciéndose el hueón, como si no recordara como llegar. Pero, obviamente, lo sabía. Fue como en junio cuando llegó a esa casa donde vivimos en Viña antes de mudarnos acá. Estaba muy borracho, pero lúcido. Me dijo que había pasado sentado bajo un árbol en la acera del frente hasta que la luz en la casa de apagó. Su única compañía era una petaca de Mistral y un pito que le regalaron.
Pamela le mandó un mail. No se atrevió a decirle las cosas a la cara. Decía algo como que lo sentía, que nada estaba dentro de los planes. Que estaba casada hace un año y que en realidad nunca se le había pasado por la mente volver a meterse con él entre las sábanas, porque para ella era pasado-pisado.
Y sí que lo pisó.
No volvieron a hablar en bastante tiempo. Unos años, creo. Tres, quizás. Leonardo ya estaba viviendo acá en Santiago, y nosotros a un mes de casarnos. Fue le padrino.
No sé cómo, la Pamela se enteró de que nos casábamos y envió esa postal felicitándonos. Pero eso no era todo, de alguna manera también se enteró de donde vivía el Leo. Y ese fue el detonante.


Fue el 3 de marzo. Me acuerdo bien, porque me llamó en la noche, al celular, justo cuando cumplía años mi mamá y yo estaba con ella. Estaba seriamente alterado y decía que no sabía que hacer. Me dijo que la Pamela se había aparecido en su casa, en su propia puerta. Me dijo que se veía serena, pero ocultando algo. La Pamela se quedó en la puerta, diciéndole que había pasado mucho tiempo, que había estando pensándolo desde hace unos años atrás y que al fin se había dado el coraje de... El Leo la paró. Le dijo que cómo se atrevía a aparecer en su casa, que de donde había sacado que él vivía ahí, que cómo era tan maraca como para después de tanto tiempo volver a abrir la herida. Ella le dijo que fue la propia Tamara -¿recuerdas que la invitamos al matrimonio y que no pudo venir porque estaba enferma?- la que le dijo sobre su paradero. Ella aún conversaba con Leo. La cosa es que la Pamela le decía que necesitaba verlo. Necesitaba conversar. El Leo se enfureció, porque a pesar de que muy probablemente aun sentía cosas por ella, sentía que era una persona completamente distinta, una copia, una emulación de lo que fue la Pamela. Tomó un vaso y lo tiró al suelo gritando que se fuera lo más lejos posible y que no se atreviera a buscarlo de nuevo. Yo cacho que más que nada por respeto a él mismo de sentirse tan dolido. La Pamela subió el tono, argumentando que tenían que hablar, pero el Leo no cedió. La Pamela se puso a llorar y le dijo que se había esperado un recibimiento malo, pero nunca así. Le dijo que en el fondo, estaba confundida. Y más por lo que había venido a hacer a Santiago. El Leo le gritó por última vez y le dijo que se fuera. La Pamela, llorando, le dijo que debía pasar, que debía enterarse y le tiró un sobre marrón a los pies mientras daba pasos asustadizos hacia atrás. Cuando el Leo le gritó, salió corriendo y él cerró la puerta lo más fuerte que pudo. Se quedó mirando el sobre un rato, hasta que decidió tomarlo. Lo cogió por los bordes con intención de romperlo, hasta que antes de terminar el trabajo, vio una foto saliendo de adentro. Y se sentó. Y leyó. Y lloró.
Puta, es la hueá más penca que le pudo haber pasado. La Pamela ahora tenía un hijo, de dos años y medio. La mina le contaba en una carta hecha en hojas de cuaderno como esos de caligrafía, que el hijo era de él. Que ella lo sabía, porque a pesar de que se acostó con su marido ese mismo día y eso en un principio la calmó pensando que era de él, la guagua tenía sus mismos ojos. Y no me refiero a color: la guagua en la foto tenía los mismos ojos semi caídos del Leo, el mismo semblante, la misma sombra. Cuando el Leo vio la foto, se vio reflejado en la cara de un niño. Lo supo. Le quedó claro. El tipo estaba devastado en lo más profundo de las vértebras.
Después de varias horas de hacer nada en el departamento, hasta que las luces se licuaban en el horizonte y la ciudad empezaba a brillar, el Leo decidió llamarme. Y fue esa llamada de la que te hablo. Yo me quedé mudo: no podía entender cómo es que la vida daba tantas vueltas y cómo, precisamente, en la vuelta más retorcida que podía tocar. Le dije que se calmara y que más rato me pasaba a su casa, pero me dijo que no. Dijo que necesitaba estar solo. Y no le creí.
Una hora después llegué a la puerta de su departamento con una botella de ron. Golpeé, pero nadie nunca abrió. Fue a la bajada que el nochero me dijo había salido hace un rato. Y lo esperé. A eso de las 3am no aguanté más y me vine al departamento.
El resto es historia: el 4 de marzo hubo un accidente en la madrugada, en plena Alameda, que salía en las noticias de la mañana. La única víctima era Leonardo Rodríguez Pereda. Me rompí.
Según los informes de la policía y los testigos, el tipo iba corriendo por la Alameda, hasta que cruzó una calle, sin mirar hacia el lado en que una micro del Transantiago le pasó por encima y lo mandó a volar 20 metros más allá, cayendo en seco dejando una estela de sangre. Aparecimos varios del grupo ese día en el hospital. Pero no la Pamela. Entre sus pertenencias, estaba la dichosa carta y la foto. Y ahí fue cuando las investigaciones de policía y el resto, dieron con la Pamela. El esposo se enteró y mandó a hacer exámenes de ADN, comprobando que lo que decía la Pamela, era verdad: el hijo era del Leonardo. Y su nombre era, curioso, Joaquín.
El tipo, furioso, dejó a la Pamela y pidió el divorcio. La Pamela terminó sola con el niño en la casa de sus padres. Hasta hoy dicen que son los papás los que crían al cabro chico y que la Pamela está un poco fallada. No tuvo cargos, fue un accidente.
La mamá del Leonardo cada tanto va a ver al niño y según me contaron, siempre termina llorando cada vez que va.


Te cuento esto -a pesar de que no es la primera vez que te cuento la historia-, porque la vida es cuática. Porque hoy es 4 de marzo y porque hace 2 años que el Leonardo no está. Porque es extraño como un amor puede matarte o puede salvarte. Porque, por ejemplo, tú me aceptaste y has estado conmigo siempre y desde que pasó esto, creo que soy capaz de sentirme afortunado de que tú me hayas tocado y no una mina como la Pamela. Como que me hizo crecer un poco, sentirme mejor, aferrarme a tierra. Y también porque se lo debo a un gran amigo, que murió con el corazón roto. Con los hueso quebrados y los sesos sobre el pavimento frío en una ciudad fría. Porque creo que es una lección y que nadie la debería de pasar por alto.
La vida y el amor no son juegos. Y la Pamela nunca lo entendió. Y por jugar y jugar, no se quemó ella tanto, si no que incineró la vida de la persona que quizás más la quiso en toda su vida.
La vida mata, sí, pero a veces puede matar de la peor forma posible.
Es por eso mientras esté a tu lado siento que me mata, pero lento y no duele para nada.
Porque a diferencia de este caso, tú me salvaste.
Tú no jugaste conmigo.


Ya, lo siento: dame un beso. Te prometo que no volveré a tocar el tema.
No quizás, hasta el próximo 4 de marzo.
Vamos a comer algo.

domingo, 13 de marzo de 2011

Jaque.

La brisa no me calma. Roza mi piel mientras el auto avanza sin que nada lo detenga.
El sol está fuerte y siento como taladra mis ojos a través del parabrisas y de los lentes del sol.
El campo es el campo. Nada de analogías ni metáforas. Por ahora, por hoy, no siento que me relajo ni nada. Ni los árboles meciéndose ni las praderas, ni los pájaros volando. Por alguna razón lo que sería sinónimo de anti-stress me parece nada. Un campo abierto y vacío, intocable e intachable que no parece perfecto. Y tampoco lo es.

La rutina volvió, dicen. Y me siento como tal. Rutinario y persona-de-sistema. Un número reemplazable dentro de la sociedad. "Bonito", sure.
Al frente de mí, un tipo arrea unas vacas. Un hombre y su hija están sentados en una especie de paradero de madera. El tipo no parece tener más de 38 años y la niña -no mayor de 7- le dice al papá colores, diciéndole que le adivine "quién es". El tipo no la pesca mucho: mira para los lados, no la infla; busca los potos de las minas que pasan. En el fondo, se nota que el tipo no quería ser papá. Menos que esta era la vida que quería. Seguramente a sus 38 hipotéticos años, está pensando en donde debería estar. O qué es lo que debería haber alcanzado para ese momento. Quizás lamentándose por no tener plata y estar carreteando como rockstar y tonteras así. Lata que la vida no es nunca la que quieres. Y ahí hay un asunto.
Un serio asunto.
Uno quiere y no quiere cosas en su mundo. Uno espera tener lo mejor para este mínimo -a veces largo, latero, extenso, retardado, en slow motion, pero siempre igual corto- tiempo de vida: la mina perfecta, la plata, la casa, el auto, los "amigos" -comillas-, las experiencias, los conocimientos y tantas otras estupideces que puedes sacar de cualquier encuesta. ¿Pero qué pasa si ni siquiera sabes donde va tu micro? ¿Si no sabes qué es lo quieres, lo que te mueve, lo que te llena? ¿Qué pasa si quedas varado en el campo más aburrido de tu existencia?
Hay gente que dice que lo peor que te puede pasar en la vida es no saber lo que quieres. No tener ni motivación ni pista siquiera de donde vas a terminar mañana.
Nada que ver.
Lo peor que te puede pasar en la vida es saber exactamente qué es lo que quieres. Ese es el peor caso, la peor situación posible. Porque en ese caso, si fallas -si te mandas un condoro y te cagas tu futuro o whatever; si nada pasó como debía pasar o todo estaba pasando y de un momento a otro acabó-, si no lo consigues: cagaste. Fuiste, finito, capút. Nada más que hacer, compadre. Hasta aquí llegamos.
En cambio, si no sabes donde vas, lo que quieres en tu vida, te mantienes vivo, sobrevives. No sabes que lo que buscas, así que lo que llega lo tomas o lo descartas. Mutas, cambias, te adaptas a lo que pase y te sostienes del momento y de lo pasajero.
Pero me carga esa gente, ese tipo de gente. Al final, sobrevives, pero todo termina siendo insignificante y desechable: la gente, las casas, los lugares, las vacaciones, tu familia, tu propio cuerpo, tu dignidad, tu felicidad -la palabra fe ni cabe-. El problema es ese: no sé bien lo que quiero, pero sé que no quiero ser como ellos. Es una paradoja, quizás, y también un problema sin solución aparente. Un Jaque, pero no Mate. Es un problema que me había planteado, pero nunca con tanta frecuencia, ni con tanta potencia.
Es esto: este vaivén, este sentirte a la deriva y sin nada de donde agarrarse lo que provoca cuestionarme si voy donde debería ir. Siento que estoy en el medio del mar y no sé si tratar de nadar a tierra y rendirme de una y dejar de flotar. Esa era la palabra: flotar. Ahí está: no tengo los mismos cables a tierra que tuve alguna vez.

Extraño tanto y la vez tan poco. Estoy confundido de no poder expresar mis propias confusiones y estoy expectante al tratar de dilucidar si lo que sucede es o no verídico. Si es que algo es real. Porque siempre que tengo algo que parece seguro, al final pasa que no y son los propios hechos los que hablan. Ni siquiera son las dudas: son los cambios, los status, las sorpresas que te encuentras después de despertar las que te susurran en la oreja que te aferres con cadenas o te llevará la corriente.

Antes pensaba que "que colgara una nube sobre mí" era lo peor.
Ahora pienso que ni siquiera yo esté colgando de algo es lo peor.
No cuelgo: estoy a la deriva.
Not a good day for an epiphany.

It barks at no one else but me
Like it's seen a ghost
I guess it seen the sparks a-flowing
No one else would know

Hey man slow down, slow down
Idiot, slow down, slow down

Sometimes I get overcharged
That's when you see sparks
You ask me where the hell I'm going
At a thousand feet per second

Hey man slow down, slow down
Idiot slow down, slow down

Hey man slow down, slow down
Idiot slow down, slow down
Radiohead - The Tourist

martes, 7 de diciembre de 2010

Autista.

Me acuerdo que cuando caminaba por av. Libertad pensaba que los ciclos que pensé repetibles se volvieron lo contrario. Cuando salí de ella y me encaminé hacia avenida San Martín, las calles aun estaban cálidas y la notoria ausencia de cosas estaba más que perceptible. Me acordé que caminé estas calles acompañados de tantos cuerpos distintos y que ahora ninguno estaba. El ciclo de la vida, le dicen. Algo que aun no me calza del todo.
Si la vida son experiencias nuevas y gente nueva, todo eso implica olvidar. Renovar, cambiar, mutar. Cambia el aire, la gente, las ganas, el cielo, el largo del bigote, lo rápido de los pies. Me parecía y me parece extraño, aislado. Lejos. Nunca me agradó esto de lo súbito. Siempre me costó aferrarme a cosas nuevas, crear algo más que un simple dibujo en un papel. Era tanto el tiempo de aprendizaje, de adaptación, que cuando terminaba se me hacía injusto. Me sentía como recién entrando a un juego donde me sacaron porque la pelota me cayó en la cara. Y puta que me desangró de narices.
El iPod estaba metido en su idea de hilar canciones de Smashing Pumpkins con NIN. Pasé por fuera de Starbucks y revisé mi billetera. No había nada más que los 5 soles peruanos y los 200 pesos colombianos, así que caminé a la playa. Cuando me senté en el escaño de piedra gastada recordé que acá vine con una amiga una vez y que quedó la cagá, porque empezamos una guerra de arena que terminó con mi ojo derecho rojo. Recordé también que una vez vine a llorar. Plancha y de las peores caras de mi vida: fue una vergüenza ajena caminar por ahí.
Estaba aburrido y comencé a ojear el cuaderno de turno. Nunca tengo uno en específico y nunca me acuerdo que escribo en cada uno. Encontré que tenía -entre la materia de un ramo del año pasado- de esas mini-notas que quieren ser cuentos. Apuntes autistas y descargos varios. Junto con un par de anhelos que nunca pasaron. Fue casi como recordar todo lo que quise decir y que nunca dije para no andar sobrando. Para no herir, en una de esas. Si me pagaran por todas las veces que callé y que pude decir algo que realmente quería decir, pero que no dije porque pensé que en el futuro habría algún momento idóneo -tonto, nunca pasó-; no sería millonario, pero tendría de sobra para comprarme un auto. Uno piola y que me serviría como para tirarme al sur. Bencina incluída por un par de días. Fue raro, porque volví a ese trance inútil y sobretocado sobre las relaciones humanas. Y la gente. Ese extraño nexo sobre encajar.
Revisé todas esas películas que había visto sobre lo mismo y que cada vez me identificaban más. Las mismas preguntas y las mismas dudas eternas de sobre cómo funciona la gente. Sus problemas y miedos, sus ganas de ocultarse y arraigarse a uno. La cantidad de secretos y promesas y planes que a uno lo ligan al tiempo con todos los demás. Y como que le tomé peso y lo sentí en mi hombros, así que me desplomé y quedé acostado en la arena. Por suerte, mucha suerte, me quedaba un cigarro. Fue ad-hoc.
Mirando al cielo y buscando la forma de alguna tortuga es que me quedé con la idea de eso. Y descubrí que con el tiempo, con mucho tiempo y harto ensayo-y-error, me obligué a aplastarme dentro de mí y a tratar de fusionar una especie de personaje extrovertido con las cosas que siempre quise decir. Fue como si el autista que siempre fui se aisló aun más dentro de un personaje que controlaba desde adentro. Como haciendo el descubrimiento del siglo -y ni tanto- de que para ser un real autista había que estar rodeado de más gente. Mientras más extrovertido, más se alimentaba el ser solitario e incomprensivo -de la realidad, la vida, la gente, sus sentimientos, sus mundos, sus "verdades"- que se resguardaba detrás de un disfraz. Uno bastante malo, por cierto.
Reciclé harto rato hartas anécdotas y hartas verdades a medias. Un montón de confesiones que sonaron fuerte años atrás y que ahora eran nada. Y traté de pegarme bien fuerte al presente, rogando a dedos cruzados que otra vez las cosas no volvieran a cambiar, pero con el pesimista interno gritando que sucedería over and over again.
Ahí, justo, sonó Jean Michele Jarre y me dejé llevar y traté de apagarme un rato con tal de cambiar de onda.
Al parecer, la frecuencia no fue muy fuerte.
Cuando me paré habían pasado unos 20 minutos. Y vi las siluetas y las huellas en la arena. Y caché que la mía estaba algo más aislada de donde estuvo un grupo. Y a unos 5 cuerpos de huellas de una pareja que caminó junta. Dibujé con un dedo una silueta al lado de la marca que dejó el peso de mi cuerpo y me eché a caminar, borrando cada tanto las huellas de mis zapatillas.
La arena me lo había dejado claro: ser autista -encubierto, camuflado, fuera de foco- no era tan malo, pero cada cierto tiempo -y con mayor fuerza- pesaba.
Y cada vez que eso pasaba, era hora de simular más.
Total, mentir un rato es parte del juego.
Se le llama sobrevivir.
Y en ese juego no iré ganando, pero me defiendo.

"Levemente autista. Como todos los grandes.". 
-Alberto Fuguet.

martes, 30 de noviembre de 2010

Irreparables.

Raúl miró hacia los costados, como para asegurarse que no hubiera nadie a su alrededor. Cuando estuvo seguro, siguió hundiendo sus manos en la bolsa, metiendo cosas que sacaba de un estante que, antaño, estaba cerrado con llave y candado.
-¿Cuánto más estarás en eso?
-Lo que sea suficiente.
Era increíble que, a pesar de todo y tanto, aun quedaran pequeños rastros escondidos, metidos en el polvo, arraigados en su vida. Ya daba lo mismo, suponía. Estaba esa pequeña torpeza, el desaliento de no poder borrarlo absolutamente todo.
Si esto hubiera sido un cuerpo alguna vez, ahora estaría muerto desde hace tanto que el cadáver sería algo demasiado asqueroso de tomar y mover. La única forma era eliminando: el posible entierro había pasado hace mucho.
-Tengo algo que decirte.
-Ya no.
-Es importante.
-No, era importante. Lo fue en su tiempo. Nunca hablaste a tiempo, ahora eso es lo importante: el momento se perdió y nunca más. Fue. Eso es lo que nunca entendiste: nada se repite dos veces en la vida. Si pierdes una oportunidad, la siguiente no será ni remotamente igual a la anterior.
Raúl cerró la bolsa, atándola con doble nudo y se levantó. La figura que había detrás de él lo miraba impaciente, aguantando. Sus brazos cruzados escondían unos nudillos cerrados, apretados, nervioso.
Dentro del estante quedaban un par de cosas. Todas eran de él, de antes. De mucho antes. Cada recuerdo escondido y esos trofeos de basket de la media, una cola de cabello de una antigua novia, los viejos cassettes que le grabaron con canciones, las cartas y la recopilación de Kafka que le regaló su padre cuando salió de la universidad. Raúl los miró, pero trató de no dejar llegar la imagen a esa parte del cerebro que la relacionaba con el pasado y que lo haría terminar en un nudo sin desatar. Tomó el candado y le quitó la llave, la arrojó dentro del estante y lo cerró.
Puso el candado.
-¿Y ahora qué?
-Ahora nada. Ahora me voy: tengo basura que botar.
-Raúl, por favor, sé que fue mi culpa y todo, tampoco te estoy pidiendo remediarlo, sólo quiero hablar. Necesitaba verte.
Raúl tomó la bolsa y la cargó a sus hombros. Se dio la vuelta y cruzó la silueta ajena sin mirarle los ojos. Llegó hasta el portal de la puerta y se detuvo. Sin darse vuelta, casi entre dientes pero lo suficientemente alto para ser oído, susurró:
-No hay mucho de qué hablar. Y lo poco que haya, ya no me interesa. Y tienes razón, fue tu culpa. Y esta es la consecuencia. Si querías verme, okey, veme ahora, veme de espaldas. Veme ahora y de esta forma, porque es la última vez que me verás. Y cuando veas mi espalda en la calle si nos cruza esa tontera llamada destino, muéstrale la tuya también, porque el destino no tiene nada que ver contigo ni conmigo. No hay qué repare un adiós. Y esto, es un hasta nunca.
Raúl caminó más allá de la puerta y desapareció en el pasaje de la vieja villa.
Carolina miró hasta que desapareció y luego, estando completamente segura de que ya no existía más que el silencio, se echó a llorar.
No fue su cabeza, si no sus lágrimas, las que supieron que esto era irreparable.
Y como bien dijo Raúl: no se puede reparar un adiós.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Trotamundo.

Un cerro y me deslizo. Caigo rodando sobre la hierba espesa que es como olas que se amontonan en mi piel. Estoy medio despierto, medio dormido. Siento el sueño acumulado en los párpados, cerrándolos a fuerza, apretándolos contra la almohada. Siento piel. Una escena que se extrapola. No, no es tan así.
No sé cómo medir el asunto. La imagen se detiene y se congela. Freeze. No hace frío, hace calor. Un abrazo, quizás. ¿O es sólo hierba? No supe si era el sol abrazándome desde la cordillera o si eran brazos. Mis oídos escuchan palabras convertidas en sonidos mínimos, monosílabos, haciéndome peticiones y yo respondiendo sin sentirme presionado. A gusto. Y el momento se pone en repeat. Se estira hasta que la cinta llega a su fin y es imposible seguir grabando.
Estoy despierto y nada lo soñé. Tuve razón desde el principio y me reí por ello. Sonreí.
A pesar de todo, sonreí: porque las espinas que crucé para poder librarme de los cerros largos ya no estaban. Mi piel estaba rota y las magulladuras ya no sangraban. Habían heridas, pero ya no importaban. Había despertado completamente y lo que pensé era sueño había sido verdad. Lo sabía, pero no había forma de hacerle comprender a mi cerebro que así era, hasta que tuvo pruebas.
A pesar de todo lo ocurrido, de nuevo sentía el calor. Y yo corriendo siempre hacia el oeste, para evitar que ver los rayos aparecer desde el este.
Pero el este me alcanzó y justo en el momento indicado.
Otra vez amanecía.
Y está bien.

martes, 2 de noviembre de 2010

Máquina de mañanas.

Estadio vacío lleno de cúmulos de estática, de polvo, de entrañas.
Sigo esperando agarrar una cuerda y estirar las horas.
Las estiré larga, pero nunca suficiente y ahora que recuerdo haber saboreado cada segundo,
lamento no haberlo saboreado el doble de lo que se pudo.


Recito los lazos de tiempo y busco vehemente serenidad,
la encontré lo aseguro, lo creo, lo rezo,
esperé encontrarme de bruces con mi deseos e incertidumbres
y encontré más de lo que pude meter en mi cabeza, mi cerebro, mi sobre.


No explico, no rebusco, no limito.
Me dices "no sé, no sé" y yo imito,
cierro los ojos, no los necesito y te respondo:
"yo tampoco sé, yo tampoco sé, no necesito saberlo".


Sentí que el espacio respiraba en mi cara y que las paredes abrían,
sangraban, se escurrían y se tendían a lo largo de las nieblas olvidadas del último día.
Abrí la boca y pensé que caía como pez en cebo,
pensé que había arruinado todo de una y dos y tres con miedo.


Me dices que nada y no sé si me reservo los comentarios que asoman en tus comisuras,
te creo y los candados melancólicos esperan los dientes de tus llaves en letras,
saliendo de tu boca como balas de salva, como titoteos al aire, libres, reveladores.
Espero en silencio que las noticias sean dulces y bailables, serenas, cercanas y atesorables.


Me miré en martes, supe que fui fin de semanas y que goteé anhelos.
El cuerpo, perdido, ahuyentado por los pájaros negros anidando, echando raíces, pegados en tu espina,
Y yo con cruces y a la deriva, camuflando marchites, aguantando, tragando saliva;
escuchando a mi cerebro suplicando por paralelos con demasía, incrementos y quizás alegrías .


Escrito y sin borrón pero con sangría, señalando el expresso, las vías, tu vida;
me lloré las sábanas y los cantos del gallo al salir el día, contento, con sueños, durmiendo, despierto.
Sin huesos licuado, con el alma en la boca, con los pies en el techo y las manos en roca tierna,
los ojos en Marte, la lengua en el estómago y el corazón en las piernas;
miré, vi el horizonte, vi la luz, vi la sombra, vi todo menos eso y eso era mañana añorando drogado algunos ejemplos.


No dije nada y no callé todo. Sordo no lo dijo, mudo no lo oyó. 
Era más fácil comprender el hecho en rojo vivo que los dramas en milímetros.
No sé qué pase ni sé que espera la vida, la risa, el fuego ni la ceniza.
Me quedo con las noticias. Me quedo con eso y con las aletas al respirar como almohadas.
Me quedo con el aire y con la máquina de mañanas.

viernes, 20 de agosto de 2010

Conexiones.

2 de abril.

Escena 1.
Ella mira, sin expresión aparente, través de su ventana casi a media tarde. El día le ha parecido eterno y las charlas vacías. Siempre lo mismo.
Esto no había sido fácil, obvio, pero era lo más sano después de dejarse mentir por tanto tiempo. Alguien tenía que cortar con la mala onda. Ella tomó la iniciativa.
No habían más excusas para quedarse melancólica entre las sombras de su habitación, tomó un bolso y salió a caminar. Refugiarse en la gente estando sola era más mimético.
Su corazón se había detenido, pero el mundo no paraba de girar.

Escena 2.
Él tiene su cabeza sobre sus manos. Las canciones de empleada suenan en sus audífonos. Al walkman le queda poca pila, el cassette de Tool suena lento -más lento que el momento mismo- con poca batería, no había otra elección.
No; no había otra elección.
Fue todo rápido y frío. Él esperaba una mínima muestra de dejo, de pena. Nada. Fue un simulacro de pérdida.
Algo andaba mal y no era él. No se tardó en notar: salió a la luz pronto y la situación comenzó a comérselo. "Cuando el río suena, es porque piedras trae". Nunca se dio cuenta cuando la piedra estalló en su cráneo.
Le dio un golpe a la pared y se paró. No habían más excusas para quedarse melancólica entre las sombras de su habitación, salió a caminar. Refugiarse en la gente estando solo era más mimético.
Su corazón se había detenido, pero el mundo no paraba de girar.

Escena 3.
Ella camina por la calle en dirección al norte.
Él camina por la calle en dirección al sur.
Es una tarde fría con un sol que intenta entibiar. Las calles almacenan hojas que tapan las rendijas del subsuelo, aglutinando pozas. Cada tantas cerámicas un charco suena en los pies.
Pareciera como si la tarde estuviera siendo tocada en un piano: lenta, grave, en llave de sol.
Ella mira hacia al suelo y cuenta los pasos que camina mientras intenta olvidar.
Él mira hacia los rascacielos, escuchando a un locutor hablar sobre alguien que murió, mientras intenta olvidar.
A las 16:48 ella y él se encuentra frente a frente en el medio de una cuadra.
Ninguno se mira. Doce segundos después, la tela del polerón de él roza el brazo de ella al pasar a su lado.
Ninguno lo nota.
A las 16:49 ella y él están de espaldas uno del otro.
Nadie se detuvo ni miró al otro. Dos corazones detenidos se cruzaron, pero no tuvo ninguna importancia.


21 de abril.

Escena 4.
Él intenta llamar desde un teléfono público.
Ella camina por la calle hacia la casa de una amiga.
El teléfono contesta del otro lado de la línea, pero él no se atreve a hablar. Cuelgan. Intenta llamar de nuevo, pero la moneda resbala de sus dedos y cae rodando a los pies de alguien.
Ella se agacha y toma una moneda. Levanta la vista y se la pasa a un chico.
Él mira a una chica que recogió su moneda.
Ella y él se quedan mirando a las 15:28 como si se conocieran de antes.
Ninguno dice nada. Ambos sonríen por cortesía.
Dos corazones detenidos se miraron, pero no tuvo ninguna importancia.

Escena 5.
Ella está en casa de su amiga. Ella mira en el televisor un concierto grabado en VHS con un tracking mal hecho.
Su amiga le pregunta sobre todo, preocupada, pero ella le responde que ya da lo mismo.
-Todo va a sanar, va a pasar -intenta hacerse creer.
Su amiga le dice que a todo el mundo le pasa últimamente, que conoce a alguien más en la misma situación.
Suena el timbre, su amiga se para y sale al patio delantero. Entra y no está sola.
-Sí, después hablamos de eso. Te grabé los cassettes que me pediste.
Él entra en una casa, la casa de una amiga. Trae un pedido que le habían hecho y que había olvidado traer hace un tiempo.
-¿Estás sola?
Él corta la frase.
Ella deja de ver el televisor y mira a su amiga y a él.
Ambos se miran y se reconocen.
-No, hoy me vino a ver una amiga. Clau, te presento a Julio; Julio, Clau.
Él se acerca y le da un beso en la mejilla.
Ella se acerca y le da un beso en la mejilla.
Dos corazones detenidos se besaron, pero no tuvo ninguna importancia aparente.


1 de mayo.

Escena 6.
Él toma una Free, mirando hacia el parque.
Ella escucha una canción en un walkman que no es suyo.
-¿Te gustó?
-Mucho.
-¿Quieres bebida?
-No, gracias. Y, ¿hace cuánto que todo esto pasó?
-Hace poco. Como un mes.
-¿Qué día?
-2 de abril.
Ella deja de verlo y mira hacia otro lado, pensando.
Él se para y se acerca a un basurero.
Ella lo mira parado un tanto lejos. Se asusta pensando en las casualidades.
Él queda frente el basurero, como si dudara de botar la lata. Piensa en que algo raro sucede y se asusta.
Ella enrolla los audífonos con cuidado.
Él vuelve y se sienta a su lado, donde estaba.
-¿Y lo tuyo?
-Da lo mismo, no quiero hablar de eso.
-Ah.
Ella posa el walkman en su regazo y observa a lo lejos.
Él la mira, pero desvía su mirada al posar su mano en el pasto para jugar, arrancándolo.
Ella le pasa el walkman y se para.
-Hace frío, me quiero ir.
-Bueno, vayámonos.
A las 19:22 ellos se paran y se comienzan a despedir.
Él le desea suerte y se da media vuelta.
Ella se gira y comienza a caminar.
Dos corazones detenidos se encontraron, pero no tuvo ninguna importancia aparente.




Ella se da vuelta y lo mira.
Él se da vuela y la mira.
Es un momento que se hace eterno, como la tonada final del piano, resonando. Los autos no suenan y los colores de la ciudad se ven teñidos del débil naranjo del final del ocaso.
Él comienza a abrir la boca para decir algo.
Ella dice algo.
-¿Mañana tienes algo que hacer?
Él cierra los labios.
Ella lo mira, apurada, nerviosa.
-No.
Él sonríe.
Ella devuelve el gesto.

A las 19:23 dos corazones detenidos se preparan para volver a latir.
Esta vez, con la mayor importancia del mundo.


Cortinas.

lunes, 5 de abril de 2010

No more.

Cuando te vi, estabas en la calle de al frente. Te observé de arriba hacia abajo y daba lo mismo: lo que veía no era lo mismo que estaba. No me viste, lo doy por hecho, no tenías como y así estaba mejor. Tu ropa era completamente diferente, tus gestos ya no estaban. Quizás sí, estabas mejor. Qué sé yo, por suerte no sé leer mentes. Tenías otro peinado y te reías distinto. Todo lo que alguna vez habías sido tú, se había perdido en otras ropas y en otras bocas. Ya eras, por supuesto, alguien totalmente irreconocible. Un persona totalmente nueva y ajena.

Mientras te veía, mientras observaba tu cara con detenimiento, vi tus ojos. Igual que varias personas que dejó el tiempo atrás, tampoco sabes mentir con ellos. Cuando los vi con detenimiento, me di cuenta que no habías aprendido nada. Absolutamente nada. No necesité leer algo, que me dijeran, preguntarte: estaba claro. Cada loco con su tema, dicen. Cada tipo con su vida. No sé, en realidad, no podría ni quisiera definir lo que sentí cuando eso pasó. Caía fuera del tiesto. Muy fuera.

La tarde pasó rápido, mientras yo me quedé fumando un cigarro. No sé si en ese momento quise golpear algo o sólo tirarme en el primer bus que saliera fuera de la región. Me pregunté cómo es que todo estaba fuera ahora. Cómo era posible que todo girara más de 180º en un sólo segundo. Cómo era posible que todas aquellas obras de ficción fueran sólo una pieza de nada comparado con esto. Con la vida y todo eso. Conmigo.
El silencio se hizo la opción más viable. Esa, junto a la decisión totalmente necesaria de este momento: decidir si esta última imagen que veía tuya sería mi recuerdo para odiar o englobarte por el resto de mis días o si sería un paréntesis negro que dejaría archivado en la carpeta de "nunca recordar" y pasar de largo.
Escogí.
Tenía que ser solo una y escogí.
La decisión fue tomada.
Ni idea si será la mejor.

Mi cajetilla se había acabado. La urgencia ahora era, comprar otra y para eso tenía que marcharme. De partida, nunca supe por qué me quedé tanto tiempo parado en esta esquina. Y, antes de irme, te miré por última vez. Y te reíste a lo lejos, pero tu sonido se escuchó hasta acá. No parabas. Me puse mis audífonos y tapé con ellos todo posible sonido. Cerré los ojos y me di vuelta. Sabía, con creces, que si no nunca, en mucho tiempo no volvería a pisar este lugar. Y que si estuviera cerca, lo evitaría a toda costa.
Por que en este lugar ya no quedaba absolutamente nada para mí.
Ni aquí, ni en las avenidas cerca de mi casa.






¿Quieres saber lo más raro de todo esto?
¿Sí?







Nunca pasó.
Nunca estuve en esa esquina.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La soledad es parte de la libertad (final descartado de Adiós) + entrada aparte.

Es extraño, pero cuando Andrés miró por largo rato el Arco del Triunfo, supo que realmente había triunfado. Que realmente se sentía bien.
Sorbió un poco de ese café que tanto le costó pedir. A pesar de ya haber estado al menos unas cuatro veces en París, aún no agarraba mucho más del idioma que un simple
Au revoir. Mucho menos el acento.

La tarde estaba enfriando cuando al fin decidió dejar la cafetería de pinta renacentista. Decidió caminar por la plaza y escuchar ese mp4 de segunda mano que compró en un boulevard perdido en las calles de España.
Se sentó un una banca que miraba hacia donde el sol se ponía. Y ahí se quedó: escuchando música frente a las calles repletas de personas en abrigos de pieles, boinas y unas extrañas botas. Se miró y al ver la camisa un tanto deshilachada y esa chaqueta marrón con un botón faltante, sintió que era demasiado notorio que no era de allí.
Se puso la boina que compró de curioso en un almacén que debe haber existido desde los tiempos de Napoleón y se abrochó la chaqueta.
Se sintió más tranquilo. Llamaba menos la atención.
El cielo se había bañada de un color miel intenso. Prendió un cigarrillo y no pudo más que quedarse ahí y observar como el sol desaparecía tras los antiquísimos edificios de la ciudad.

No era la primera vez que estaba en París, cierto. Pero al igual que en todas las ciudades nuevas que visitaba, salió de noche a conocer la ciudad apagada. A revisar los mismos lados que probablemente vio en el día, pero con la ventaja de estar cubierto por la noche. Lo que lo hacía todo más exquisito. Más real, posible.
Se dio un par de vueltas por el centro, bajó por los suburbios y luego se perdió por las calles que desembocaban en la carretera.
Hacía frío, pero no importaba. Se dedicó a caminar sobres los
ojos-de-gato amarillentos del borde de la carretera, que, extrañamente, estaba sola, abierta. Solitaria.
Perfecta.
Por un momento miró hacia el cielo mientras caminaba sin miedo a caerse. Vio la luna, y pudo apostar que era como una ventanilla hacia atrás. Empezó a ver un par de recuerdos proyectados sobre la blanca tez de la luna. Y antes de desembocar en algo de lo que no podría retornar, subió el volumen del mp4 a lo máximo que daba para evadir los recuerdos. Para acallar los pensamientos.
Cosa que por años le había funcionado bastante bien.
Lo suficiente.




Dicen que los años cicatrizan las heridas. Andrés se preguntó tantas veces cuantos años necesitaría para no tener ni una huella del pasado sobre si. O si su vida sería suficientemente larga para alcanzar ese momento.
Se había quedado ya una semana en París. Y ése mismo día decidió partir, quizás, con suerte, a Manchester. Después de levantarse y hacer la cama de esa pensión de segunda, de tercera probablemente; se dio una ducha. Al salir, comenzó a empacar la maleta. Y por primera vez se dio cuenta que desde Chile había salido con tres maletas y un bolso. Y que ahora únicamente quedaba el bolso. Algo harapiento, algo roto. Pero era básicamente lo único que le iba quedando desde el inicio de esta etapa.
Recordó que una de las maletas la vendió en Berlín. Lo suficiente como para costear una cena en un restaurant caro del norte de Europa. La segunda la regaló en un pueblecito rústico de Ucrania. A una familia que lo alojó por más de un mes. Dejó su reloj, la maleta y varias prendas de ropa.
Y la tercera desapareció cuando, después de emborracharse en un muy bizarro bar de Alemania, estuvo tirado durmiendo a la intemperie soñando con todo lo que dejó atrás.
Pero no importaba, cada día era más notorio que todo lo que tenía era lo suficiente para ser feliz.
Una mentira. Casi verdad.

Había conocido tantas personas, había visto tantas caras, tantos acentos. Lenguas, calles, plazas; había estrechado tantas manos, comido en tantas casas. Observado las mismas estrellas de siempre, las mismas noches en tantos lados y aún así seguía completamente solo.
Básicamente solo. Y a pesar de sentirse mejor que estando atornillado en donde estaba, sabía que algo seguía faltando en su vida.
Y que probablemente no podría volver a tenerlo. Ya no, muy tarde.
Demasiado.




Antes de tomar el bus para UK, se dio una vuelta por la estación centrar de París. Compro cigarrillos y dio varias vueltas por la estación.
Luego de comprar el diario como excusa de leer algo, se sentó en una banca y subrayó todos los vuelos que partían a Chile. Todos los que nunca iba a tomar.
¿Se estaba arrepintiendo de todo esto? ¿O era sólo una etapa?
Quizás vivir todos los días sabiendo que huiste, que tuviste que sacrificar tanto para poder sentirte bien, podía llegar a agotar.
Antes de que todo esto se apoderara de él, Andrés cerró y tiró a la basura el diario.
Ya era hora, y el bus iba a partir.



Se paró y se internó en la calle donde estacionaba su bus. Y allí fue cuando quedó congelado. Frío, impactado.
Al otro extremo, al final de la cuadra, había una cara conocida mirándolo. Casi llorando, contenta.
Fue fuerte. Fue extraño. Pero era lo mejor que le había pasado en seis años.
Y una sonrisa se le escapó.

Esto era lo que andaba buscando.


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Esto va a terminar matándome. ¿Por qué puedo escuchar sus voces susurrando secretos que no me corresponden? Pucha, si pedí ser normal, ¿por qué tengo que tener esto en mi cabeza que salta a ratos?
Da lo mismo lo que me digan. Lo sé igual. Y no es agradable saberlo.

martes, 9 de febrero de 2010

952.

Día 1:
Para Francisco, estar en su ciudad homónima no era tan glorioso como lo hubiera pensado. El silencio circundaba en sus oídos, taponados con los audífonos baratos que encontró antes de salir. Las vigas del tren no se oían en lo absoluto, la música que debería estar reemplazándola estaba muerta. El paisaje no cambiaba en lo absoluto: la enormidad de la ciudad le aterraba un resto. "Viña es un suburbio" pensó al ver la extensión de los edificios que se perdían detrás de otros.
Esto no era casa. Este era el mundo nuevo que le habían prometido.
Nadie le había advertido que iba a ser lo más difícil que pasaría jamás.



Día 104:
Los meses habían pasado rápido. A pesar de todo, del bachiller, del trabajo de medio tiempo en Carol's, del idioma ajeno que no podía colarse en su mente; Francisco esbozaba una sonrisa. El departamento cerca de la facultad -algo viejo, como de los 40, con astillas en algunas maderas y con techos como los de Valparaíso- era cómodo, con un aire a conocido. Un refugio donde su pieza, en el segundo piso, repleta de libros en español y uno que otro en inglés, lo mantenían distraído. Ocupado. Todo parecía ir bien. Todo parecía estar tapando el vergonzoso pasado.



Día 217:
El cielo está gris. La calle húmeda. Francisco se balancea en la silla pensando en cómo escaparse de las ideas que tiene en su cabeza. Después de haber escapado con su madre de Chillán, estudiar Psicología en la Católica de Santiago y haber aceptado la beca en la USF, las cosas parecían haber remontando. Haberse ido de menos a más. De la nada a todo. Pero, al parecer, el fracaso es genético, la locura, la tendencia al vaso vacío estaban tan arraigado a su sistema, a su vida, a todos los aspectos de sí mismo que este asunto -esa cabeza llena de miedos y esos ojos distorsionando la realidad- no podría ser cambiado.



Día 410:
-¿Cómo un loquero puede enloquecer?



Día 608:
-El día ya no es lo que solía hacer cuando había luz.



Días 704 al 828:
Francisco da vueltas. Cada cierto tiempo viene mucha gente y lo visita. Sus ropas son distintas a las de él. Ellos lo miran y anotan. A veces, vienen chicos como de su edad. Ellos lo miran asombrados. Las chicas no le hacen caso. Él quisiera invitar a una a salir. Hacerse amigo de uno de esos chicos e invitarlos un trago.
Nada pasa.


Día 952:
Hoy era el día 952. Hoy, hace 952 días atrás, Francisco tenía la esperanza de haber escapado de todo asunto, todo daño colateral, directo e indirecto. Las marcas del cuchillo cazador hechos por su padre era lo único que quedaba de Chile en él. Ya no hablaba español. Ni inglés. Balbuceaba. Tenía un anillo, regalo de su madre. Se lo habían quitado cuando lo internaron. Nunca más lo vio. Ya había pasado demasiado tiempo dentro, pero para Francisco ya no importaba. Ahora se sentía seguro. Seguro, pero con un miedo eterno.
Nadie lo venía a ver, su madre había muerto hace dos años. Dicen que fue cuando se enteró que a Francisco lo habían internado en una institución mental por orden del decano de Psicología de la USF. No lo soportó y se murió de la impresión.
Lo curioso de todo esto, era que su carrera, su vida, se basaba en explicar cómo su padre había decidido a acuchillarlos a ambos. Y al verse fracasado de haberlos matado, haberse rajado el estómago botando sus intestinos mientras ambos estaban amarrados observando la escena atónitos. Su vida se había basado en ingresar a la mente de su padre. A explicar cómo alguien comienza a pudrirse por dentro hasta explotar. Después de tanto tiempo fue capaz de comprender que no había sido su padre quien se había podrido. Él había descubierto que todo lo que lo rodeaba era lo que se había podrido. Su esposa, sus amigos, su vida entera estaba recubierta por un hedor que no era posible tapar.
Francisco se dio cuenta de lo mismo. Su carrera, su viaje, la gente que conoció. Pero por sobretodo, las relaciones humanas. La gente. La no entrega, las mentiras, las excusas que encubrían error tras error. Los besos de las mujeres que sólo querían sentirse acompañadas. Los amigos de palabra, entregados al egoísmo más puro. Los errores, las personas que se repetían en un mismo ciclo enfermizo, un círculo que se cerraba y cuando estaba frente a ti podías dilucidar cada mentira, cada vicio, cada engaño ocultado en palabras tiernas. Cada arranque de rabia hiriente, cada truco sucio bajo los pies. El no entender, el no sentirse completo dentro del mundo, el odiar cada tufo, cada mínimo olor escondido tras un desodorante de cada persona en San Francisco le hacía pensar que el mundo se pudría frente a sus ojos, como bailando decadentes sabiendo que van a morir.
¿Era la locura o la comprensión total?
¿Era la locura o haber observado a la humanidad completamente desnuda?

Tras los barrotes, tras la habitación blanca -impecable, sin olores que detestar más que el suyo propio- a Francisco le gustaba mirar el poner del sol. Y pensar que este era un sueño. O un problema muy difícil de resolver. Como un problema de un matemático, esperando ser resuelto, esperando ser entendido completamente desde todos los puntos de vista posibles. Y cuando lo hiciera, podría salir y hacerles entender a todos su descubrimiento.
Y salvarlos a todos.


O matarlos a todos.

martes, 29 de diciembre de 2009

Encontrar.

Porque a veces la vida nos trata a regaña-dientes. Porque a veces son los pequeños diálogos los que arman una historia y sus nexos y sus puntos más importantes. Porque a veces son las caídas y los vuelcos del sistema lo que al final termina convirtiendo toda la gama de matices en una sola verdad. Porque es a veces lo que se piensa y no se hace, lo que se dice en silencio, los mensajes escritos en papel que nunca salen del bolso, las intenciones contadas y las promesas perdidas lo que refuerzan las ganas de seguir o de tirarse al pasto y olvidar. O son las partidas, los cambios de las personas que conocíamos que se transforman en un completo extraño; o los reencuentros, los abrazos bajo la lluvia, el quedarse sentado en una escalera tratando de superar el fracaso lo que atenúa la caída cuando se derrumba todo. O lo que refuerza los cimientos de las cosas que se construyen entre dos o más personas.

O es la soledad.
O es el saber que, aunque tus ojos están cerrados, habrán palabras susurradas en tu oído.

La vida se construye a base de fallos. A base de reaccionar siempre a punto de perder algo. Son los errores, al final, los que terminan creando los momentos que de inmediato de incrustan en el cerebro. Son esos los que terminan dibujando sonrisas en tu boca. Al final, sí, siempre al final, es el silencio el que termina entonando tu voz.



viernes, 27 de noviembre de 2009

Tell me the past times won't die.



La vida es una suerte de intercambios. Cada fecha por igual que sea es distinta, cambia la gente, cambia el lugar. Cambian las células, cambian las canciones. Cambian las ganas, cambian los modales. Cambia el cielo, cambian los pelos. Cambia tu cuerpo, cambian tus ojos. Cambia todo.
Lo único que jamás cambia es que estás viéndolo todo. Sólo parte de tu cabeza y parte de tu cuerpo se mantiene rodeado por todo nuevo.
¿No sería bueno alguna vez pensar que de un punto a otro las cosas pudieran mantenerse igual?
O, al menos, ¿que una sola persona que te importara se mantuviera orbitando en tu mundo?
Ojalá.

La encontré por ahí, perdida en mi disco duro.
Extraños recuerdos. Aparte, me encanta la canción.
(:

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Cóctel.

Cuando la abracé, te juro que no sabía como reaccionar. Había pasado por esto muchas menos veces de lo que la mayoría. O de lo que realmente me correspondía. Me sentí como un niño escapando del cuco. Ya no tenía miedo cuando estaba sosteniéndola. Fue ahí cuando me di cuenta -y nunca había notado- que tenía miedo. Todo este tiempo estaba muerto de miedo. La sensación de no sentirlo fue lo que me hizo darme cuenta. Y creo que me quise quebrar, pero como nunca me he quebrado -menos en público-, no ocurrió.
Me pregunté si el mundo realmente comprendía lo que pasaba en un abrazo. Después de todo, el mundo pasa abrazándose. Años nuevos, victorias, despedidas, bienvenidas, conmemoraciones... Eventos, que a la larga, vuelve quizás a repetirse, pero las circunstancias, las personas y todo lo que estuvo en su lugar ya nunca más lo está.
Cuando me soltó, me miró. Y fue como si por primera vez no me sentía tan solo. Lo curioso, es que después llegó Javier y la tomó de la cintura y la dio vuelta y fue él quien la apretó. Recuerdo que la multitud se cerró y poco a poco quedé aislado de la escena. Allá, a lo lejos, María seguía siendo abrazada por todo el mundo. Y yo ya no estaba: había vuelto a ser un fantasma. La mejor forma de desaparecer es en medio de mucha gente. La mejor forma de desaparecer -pensé- es estando.
Caminé entre la gente pensando en las fracciones de segundo. Pensé que lo mejor hubiera sido que nunca hubiera pasado. Antes de esto, no conocía todo lo que significaba. Ahora que pasó, siento que mi vida ha sido un asco y que estoy tan vacío como la casa de un viudo.
Tuve miedo de volver a sentir lo mismo. También tuve miedo de no volver a hacerlo. Me sentí extraño pensando que me había buscado todo esto con la idea de tratar de congeniar. Quizás, si todo comenzara de nuevo, me mantendría alejado.
Sentí algo curioso, porque fue como una mezcla de extremos. Y cuando los extremos se mezclan, crean un nudo.
Y eso era yo ahora: un nudo. Un nudo muy difícil de desatar.





If I could start again
A million miles away
I would keep myself
I would find a way

Extracto.

-¿Cerraste la puerta?
-Sí, pero pensé que daba lo mismo.
-Es costumbre, ¿ya?. Si sé que da igual.
-¿Y ahora qué?
-Ahora... ahora nada. Hasta aquí llega mi idea, mi guión.
-Entonces creo que hay que reescribir ciertas partes. Reescribir gran parte de tu vida.
-Que lata. En ese caso prefiero acostarme y fumar.
-Nada que ver, Andrea. La cuestión es clara: te hace falta soltarte, nada más. Dejar de lado esas viejas manías. Total, ya nadie te anda persiguiendo la cola como antes. Esa cuestión es pasado ya. Un asunto lleno de polvo.
-Olvídalo, ¿ya?
-Ok. Pero dame un beso.
-Eso sí es algo que te puedo dar.
-Eso sí es algo que "te atreves" a dar.


Borrador/2007.
más simple de lo que imaginas.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Una petaca frente a Copec.

¿Qué pasó por su cabeza -mareado, tirado- entonces? Esta no era la mejor solución. Tampoco lo más digno de su parte: quedar borracho y tirado porque sí, frente a la gasolinera que delimitaba oriente con centro. Patético. Totalmente.
Quizás sólo fueron sus rollos o su egoísmo un tanto comprensible de no querer compartirla con nadie. Quizás sólo eran unos sueños de niño o tonteras de "adultos". Al final de cuentas, sea cual sea la cuestión en sí, lo que era importante saber, era que estaba fuera de control. De balance. Tener el miedo colado en los huesos lo hacía sentir mucho más paranoico de lo común. Lo peor radicaba en que su miedo consistía en pensar que no era suficiente.



¿Y qué pasa cuando realmente no eres suficiente?
Viene algo llamado reemplazo. Y ser reemplazado es una de las peores cosas de este mundo.



martes, 20 de octubre de 2009

Final feliz.

¿Y qué hacía después? Las respuestas eran vanas. Estaba yo y nada más. La cordillera se hacía lejana mientras más me sumergía en el centro. Pensando tonteras -"¿donde estás? ¿por qué tengo tanto miedo? ¿qué hago para no perder? ¿qué quieren de mí si no tengo nada que ofrecer?"-, mirando las tiendas cerradas y las calles vacías. La bohemia estaba en pleno esplendor, con gente semi-ebria deambulando por las orillas. Abrazados, inquietos, muertos de la risa. Supongo que un vodka no me haría mal, pero también supongo que terminaría peor.
La gente estaba estancada en las esquinas, algunos con cara de bajoneo, otros con residuos de fracaso. Estaba atrasado. Muy atrasado, tanto, que en realidad ya había pasado todo un día.
Llegué a las orillas del Mapocho y me apoyé en la baranda mirando hacia el horizonte. La brisa era fría y las nubes cruzaron rápido. No sé si fue mi estado de ánimo, no sé si fueron las nubes, no sé si fue el viento o la inevitable realidad, pero me quebré. Esto no había pasado en años. Sentir de nuevo las gotas saliendo desde de adentro era una sensación que parecía ser nueva. Me sentí un idiota. Me sentí torpe. ¿Cómo cresta no me había dado cuenta de todo?
Marcela había desaparecido y yo aun quería negarlo. Pensé que todo estaba tan perdido, pensé que tantas cosas se habían trizado aquel día en el aeropuerto que me cerré. El futuro que había pintado y planeado durante años con ella se habían esfumado en una decisión de un par de meses. Esperaba, todo el tiempo, que mis planes se trazaran en la realidad, armando ese final feliz que siempre se espera. Y ahora lo comprendía, ahora estaba todo claro: el final estaba. Y no era este; el final feliz siempre estuvo. Era cada momento y no me daba cuenta.
Recién había sido capaz de entender que los finales felices no eran el final del trayecto. Los finales felices eran cada momento en que ya habías alcanzado lo que -paradójicamente- te hacía feliz.
"Nadie me dijo que los finales felices tenían final" era precisamente lo que pensaba cuando los berridos de mi llanto se hicieron insoportables.
Una nube dio para pensar. Una nube como la gente, una nube como uno. Uno es como una nube que se pierde y nadie sabe donde vas. Y de repente te desapareces. Y de repente te das cuenta que planeaste tanto el final que nunca fuiste espontáneo. Que nunca disfrutaste cada momento.
Y ahora, ahora que lo entiendo, el final ya no es feliz.




El ruido del Mapocho comenzaba a ser opacado por los pasos de las multitudes que salían de los bares, tratando de caminar balanceándose hasta casa. Sentí pasos cerca mío y pensé que me iban a robar. Miré hacia atrás y callé. Y creo -no estoy seguro- que me tragué las lágrimas y sonreí.
-Rubén.
Me estaba mirando con las maletas como arrastradas. Me estaba mirando llorando, jadeando, pero sonriendo.
Era Marcela.

viernes, 9 de octubre de 2009

Insólito.

Y si miraste por sobre tu hombro, desolado, fue porque quisiste. De vez en cuando no puedes evitar que tu pasado y tu presente e incluso tu futuro colapsen en tu cuerpo, preguntándote si todo valió la pena y si lo que eres hoy es fruto de la ignorancia, de la compasión o de un altruismo que no tiene mayor lógica. Puede ser, quizás no. Probablemente todas estas cuestiones que te rozan la piel como cuchillas intentando entrar, son las pesadillas que materializaste en los personajes de terror aquellas películas en blanco y negro que disfrutas con pena y algo de angustia los viernes por la noche. Son, en efecto, pensamientos que no tienen ni pies ni cabeza, ni fundamentación alguna para poder decir que esto es un hecho <<coherente>>.
Lo más probable es que ahora comiences a derramar agua salada sobre las páginas amarillentas de tus memorias. Y tu cuaderno Torre quedará más mojado que aquel día que te perdiste en la lluvia. Y es que a veces lloras por felicidad y a veces porque la pena no cabe más en ti. Sea como sea, todo queda registrado.
Todo queda como una memoria en los machones donde la tinta, de las letras nerviosas en tu cuaderno, se fundió con tus lágrimas.

martes, 29 de septiembre de 2009

Cafetería.

-No pensé que haría tanto frío hoy, si igual estamos en primavera, ¿no?
-No sé, no soy el mejor para hablar del clima. Aparte, es como un tema comodín, último recurso para avivar algo. Y pésimo recurso en todo caso.
-Puede ser. Tampoco puedes culparme: he estado sentada viéndote por más de 15 minutos mirando por la ventana sin decir nada. Aparte, tu té se enfrió.
-Estaba malo.
-Como sea, tú lo pediste.


(silencio)


-¿Te está yendo bien?
-Supongo.
-Uno no puede suponer, se sabe. Es un "sí" o un "no".
-Bueno, entonces: supongo que sí.
-Ah.


(silencio)


-En todo caso, ¿para qué me citaste?
-No sé. Se me ocurrió, no te veía hace tiempo y pensé que quizás sería bueno.
-Ah.


(silencio)


-¿Y lo fue?
-Todavía no sé. Dime tú.


(largo silencio)


-Cote, ¿puedo preguntarte algo?
-Dime.
-¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza lo insólito que es que el mundo cambie todos los días, siendo que los días son plazos que un tipo cualquiera inventó?
-Todo el tiempo, pero, ¿a qué quieres llegar?
-Nada, nada en especial. Sólo me llama la atención como es que todo el mundo y todas las cosas y las personas se rigen y miden por intervalos de 24 horas, cuando en realidad, hace una hora atrás, siguen siendo los mismos.
-Supongo que a veces necesitamos excusas para tomar una actitud distinta y se nos antoja cambiar algo. Los ciclos son así: son un pretexto para cambiar, echándole la culpa al tiempo.
-Puede ser.
-Tú, al parecer, no has cambiado nada.
-Tú sí.
-Lo necesitaba.
-Yo quizás también, pero nunca encontré el día.
-Ese es el problema, Roberto: tú no encuentras el día, el día lo hace y no te das cuenta.
-Estás excusándote.
-¿Y qué más puedo hacer?
-Decir la verdad.
-Nunca fui buena en ello. No cuando la verdad molesta tanto.
-No, en el fondo, como cuando eso de la verdad y la mentira es, a veces, tan ridículo como medirse por los días; dirás.
-Algo así, Roberto, algo así.


(silencio)


-Creo que sí fue bueno.
-¿Qué cosa?
-Verte.
-Ah... Supongo que también.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Cambio de estaciones.

¿Qué pensaste después de la tormenta?
¿Qué pensaste después de que respiraste de nuevo y abriste los ojos?
¿Qué pensaste después de que viste aquella foto y sólo querías arrojarla a la basura?
¿Qué pensaste luego de que tus recuerdos -poco importantes y totalmente lejanos- te miraron... otra vez?


Un día después de callar, la gente volvió a pasar con ritmo rápido. Las calles llenas de pasos se abrían de par en par mientras yo caminaba sin rumbo alguno. Mire mis dedos y estaban negros, como llenos de hollín, demostrando a cualquiera que las tomara que había fallado mucho. Tanto, que no tenía perdón.
Miré al ahora de frente y me esquivó la mirada. Sabía que preguntaba demás y que las respuestas eran vanas. Sólo curiosidad. Fue, en efecto, su retrato lo que me atrajo, sin saber que toda línea que la construía tenía demasiada historia. Tanta que, quizás para mi cabeza nueva y poco experimentada, era difícil de comprender. Aun, cuando para todo el resto del mundo -y los que vendrían después- era de lo más normal. Y era imperfecta, la historia tenía fallos. Y era perfecta, la historia fue densa.
Miró de reojo mientras apuntaba al suelo y luego se volteó. Pensé que no se iría, pero se marchó. Era primavera y la brisa hacía mecer las hojas y el polen daba un color amarillento a la atmósfera. No sabía lo que hacía, no tenía idea de donde estaba parado. Me habría encantado decir que no sabía como había llegado hasta aquí, pero lo sabía. Perfectamente: yo me lo busqué.




Cuando desperté llovía. Los vestigios del invierno se había puesto de acuerdo para terminar de caer hoy. Mis manos, mojadas, no se lavaban y sentía un dolor que me recorría la espalda. Las calles estaban vacías, mientras yo, sentado en esas escaleras verdosas frente a esa gran alameda, me preguntaba cómo es que podía terminar -de raíz- con los días que se salían de todo margen. Miré hacia el miércoles y me pareció añejo, de otro tiempo. Y hoy, que es otro día, sentí que los minutos comenzaban a apilarse sobre mis zapatillas como barro.
¿Que cómo me sentí después que todo pasó? Ni idea. Quizás pueda responder cuando realmente todo haya pasado.
Quizás.