Mostrando entradas con la etiqueta Experimento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Experimento. Mostrar todas las entradas

miércoles, 27 de abril de 2011

Cuatro de Marzo.

Leonardo siempre fue un tipo desordenado. Sus recuerdos, memorias y experiencias eran sólo apuntes escritos con letra rápida pegados con scotsh dentro de un cuaderno de finanzas. A veces te lo podías encontrar en los pasillos viendo por largas horas fotos, quizás recordando cuando fueron tomadas. Su cara siempre había mantenido el tono de cuando éramos chicos, cuando estábamos en el colegio, ¿te acuerdas? Yo iba tres cursos más arriba que tú. Lo único que había cambiado de él eran sus ojos, que se habían vuelto más blancos y profundos con el tiempo. Me acuerdo que una vez, como broma, para su cumpleaños le regalamos una crema para las ojeras. Crema que terminé usando yo, por culpa tuya y del Leo que no quiso que lo hueviaramos más.
A pesar de todo, el Leo parecía tener una vida tranquila: ganaba bien, lo suficiente, vivía solo en un feroz departamento en Providencia, viaja cada tanto, sus fotos causaban furor en europa, aunque nunca la pisó; sus viejos lo querían y no tenía muchos amigos, aunque los que tenía éramos de los buenos.


El único punto débil del Leo era Pamela. Lo fue al principio y lo siguió siendo hasta... bueno, hasta ya sabes.
Me acuerdo que conocimos a la Pamela una vez que ayudamos a un curso de mi hermana a hacer un trabajo donde teníamos que vender unas macetas con plantas de papel crepé. Con el Leo saludamos a todos y cuando saludó a la Pamela y luego seguimos caminando, sus ojos no se despegaban del pelo largo y castaño de la Pame. Tuve que zamarrearlo un poco para que me pescara cuando fuimos a buscar las canastas. Una semana después, nos tuvimos que juntar con ellas de nuevo para pasarles la plata. La Tamara, compañera de mi hermana, nos pasó una luca a cada uno. Hablamos un poco y luego nos fuimos. Cuando íbamos caminando a esa completería que hay cerca de la estación del metro Viña del Mar a comer algo, el Leo me dijo: "hueón, te juro, me voy a casar con esa mina". Yo me cagué de risa, estábamos en tercero medio no más. Le dije coloriento.
Sea como sea, el tiempo pasó. De un momento a otro, el Leo, mi hermana, sus compañeras -obviamente la Pamela- y yo hicimos grupo. Nos juntábamos cada tanto y tomábamos vino con frutas y pisco. A veces carreteábamos el fin de semana entero. Me acuerdo que la Pame andaba con un tipo que a nadie le caía bien, y que el Leo lo odiaba por estar con ella. Sentía que se la habían quitado sin siquiera haber tenido algo. Por ahí por el 2006 la Pame había pateado a este loco. Joaquín, creo que se llamaba. La Pame no estaba un pelo de triste, pero el Leo estaba lo más feliz de la vida. Carreteamos un fin de semana, por Abril y terminamos demasiado curados. Cuando me desperté, con feroz caña, vi algo que me sorprendió: en un sillón, estaba la Pamela durmiendo semi abrazada del Leo, tomados de la mano. Me sonreí y no molesté a nadie y me hice el hueón. Una semana después, al Leo no se le podía quitar la risa de la cara. Y me contó: no se comieron ni nada, sólo se quedaron hablando hasta tarde cuando la Pame le tomó la mano y se acurrucó a su lado y siguieron conversando. Comenzaron a salir y a verse a cada rato. Un mes después ya todos sabíamos que andaban juntos. A los 4 meses estaban pololeando "oficialmente".
Duraron como dos años juntos, esa vez.
Pero el hombre propone y dios dispone: terminaron cerca de enero y la Pamela mandó a volar al Leo que intentó todo lo posible. El tipo se rompió, te juro. Los primeros meses fueron horribles. Una vez estábamos carreteando para apalear la pena y después de unos cuantos copetes terminó llorando conmigo en unos escaños con una botella de vodka con jugo de limón. El Leo se había deshecho de todas las fotos -me dijo que las había quemado, pero las había guardado en la cómoda que tenía en su pieza- y cosas que tuvieran que ver con la Pamela, pero en su cabeza los recuerdo estaban aun más vivos que antes: a todo color, fuertes, vibrantes, como burlas que lo insultaban diciéndole que en su mente estaba con ella, mientras en la realidad estaba más solo que un dedo.


Por ahí por junio, el Leo parecía recuperado. Se reía de nuevo y hueviaba con nosotros. El grupo se había desintegrado, pero quedaban un par de fieles que seguíamos saliendo cada tanto. Él decía que estaba bien, pero desde aquel entonces sus ojos comenzaron a ensombrecerse y a adquirir el color que tenía la última vez que lo vimos, ¿te acuerdas? sus ojeras eran casi tan negras como las chaquetas de cuero que usaba.


El Leo conoció varias minas cuando estábamos en la U. Salió con varias, pero nunca duró mucho. Una vez, curados, me dijo que había visto a la Pamela en el metro una vez con un tipo. Ella lo vio nerviosa y se rió escondiendo la cara. El Leo se dio media vuelta y se cambió de vagón. Me dijo que él sabía, que en el fondo de lo que sea que tuviera dentro de los huesos, nunca iba a poder olvidar a esa mina. Curao, le dije que demás, que era heavy, pero en el fondo pensaba que no era más que otra etapa de negación no más. Hasta que pasó el asunto del 2016: el Leo estaba trabajando, sacando fotos. Como andaba con poca plata por aquel entonces, aceptó la pega de una oficina de hacer un perfil de sus trabajadores. Lo que no sabía era que la Pamela trabajaba ahí. Cuando entró ella a hacerse la foto, el Leo se quedó congelado sosteniendo la batería de recambio de la cámara. La Pamela lo saludó como lo más natural del mundo, diciéndole "tanto tiempo". El Leo le sacó la foto y hablaron un par de palabras, en una conversación vacía que terminó en un "ojalá nos veamos de nuevo y no te pierdas" de parte de la Pamela. Él me dijo que cuando ella cerró la puerta, él quedó atónito sosteniendo la cámara, viendo a la tipa esa en la pantalla de LCD: estática, perfecta como antes, añejada ligeramente con el tiempo. Cuando terminó las fotos, se quedó con una copia.
Una semana después, cuando el libro estaba listo, la empresa hizo una feroz fiesta en un hotel que queda por Av. Álvarez, en Viña. A él lo invitaron por ser el fotógrafo no más. Me decía que se quedó en la barra, sentado, dibujando en las servilletas puras hueás. Sabía que quizás la Pamela estaba ahí, pero le daba miedo buscarla. Hasta que ella se sentó a su lado y lo saludó y pidió un gin con gin. Ella le metió conversa. El Leo me dijo que parecía estar pasada de copas. Estuvieron hablando -y tomando- toda la noche. Ambos estaban demasiado curados y terminaron yéndose de la fiesta a la casa de la Pamela por la subida a Agua Santa. Tiraron, sí.
Cuando el Leo despertó en la mañana se vio acostado en esa pieza junto con la Pamela a su lado, como antes. Sonó el teléfono y la Pamela ni se inmutó, así que para no despertarla, el Leo descolgó el teléfono y lo puso en su oreja. "¿Amor? ¿Amor, estás despierta? ¿Vas a venir al aeropuerto, acuérdate que llego en la tarde a Santiago". Me acuerdo que cuando me dijo esta parte, sus dientes rechinaron. Y no es para menos: cuando colgó, impactado, levantó las sábanas y más adelante del cuerpo desnudo de la Pamela, estaba su mano con un anillo en el dedo. Cruel po.
El Leo se vistió y salió de esa casa, cuidando de no hacer ruído, ahogando el portazo que quería darle a la puerta. Cuando hablaba del camino a la casa, olvidaba detalles a propósito, haciéndose el hueón, como si no recordara como llegar. Pero, obviamente, lo sabía. Fue como en junio cuando llegó a esa casa donde vivimos en Viña antes de mudarnos acá. Estaba muy borracho, pero lúcido. Me dijo que había pasado sentado bajo un árbol en la acera del frente hasta que la luz en la casa de apagó. Su única compañía era una petaca de Mistral y un pito que le regalaron.
Pamela le mandó un mail. No se atrevió a decirle las cosas a la cara. Decía algo como que lo sentía, que nada estaba dentro de los planes. Que estaba casada hace un año y que en realidad nunca se le había pasado por la mente volver a meterse con él entre las sábanas, porque para ella era pasado-pisado.
Y sí que lo pisó.
No volvieron a hablar en bastante tiempo. Unos años, creo. Tres, quizás. Leonardo ya estaba viviendo acá en Santiago, y nosotros a un mes de casarnos. Fue le padrino.
No sé cómo, la Pamela se enteró de que nos casábamos y envió esa postal felicitándonos. Pero eso no era todo, de alguna manera también se enteró de donde vivía el Leo. Y ese fue el detonante.


Fue el 3 de marzo. Me acuerdo bien, porque me llamó en la noche, al celular, justo cuando cumplía años mi mamá y yo estaba con ella. Estaba seriamente alterado y decía que no sabía que hacer. Me dijo que la Pamela se había aparecido en su casa, en su propia puerta. Me dijo que se veía serena, pero ocultando algo. La Pamela se quedó en la puerta, diciéndole que había pasado mucho tiempo, que había estando pensándolo desde hace unos años atrás y que al fin se había dado el coraje de... El Leo la paró. Le dijo que cómo se atrevía a aparecer en su casa, que de donde había sacado que él vivía ahí, que cómo era tan maraca como para después de tanto tiempo volver a abrir la herida. Ella le dijo que fue la propia Tamara -¿recuerdas que la invitamos al matrimonio y que no pudo venir porque estaba enferma?- la que le dijo sobre su paradero. Ella aún conversaba con Leo. La cosa es que la Pamela le decía que necesitaba verlo. Necesitaba conversar. El Leo se enfureció, porque a pesar de que muy probablemente aun sentía cosas por ella, sentía que era una persona completamente distinta, una copia, una emulación de lo que fue la Pamela. Tomó un vaso y lo tiró al suelo gritando que se fuera lo más lejos posible y que no se atreviera a buscarlo de nuevo. Yo cacho que más que nada por respeto a él mismo de sentirse tan dolido. La Pamela subió el tono, argumentando que tenían que hablar, pero el Leo no cedió. La Pamela se puso a llorar y le dijo que se había esperado un recibimiento malo, pero nunca así. Le dijo que en el fondo, estaba confundida. Y más por lo que había venido a hacer a Santiago. El Leo le gritó por última vez y le dijo que se fuera. La Pamela, llorando, le dijo que debía pasar, que debía enterarse y le tiró un sobre marrón a los pies mientras daba pasos asustadizos hacia atrás. Cuando el Leo le gritó, salió corriendo y él cerró la puerta lo más fuerte que pudo. Se quedó mirando el sobre un rato, hasta que decidió tomarlo. Lo cogió por los bordes con intención de romperlo, hasta que antes de terminar el trabajo, vio una foto saliendo de adentro. Y se sentó. Y leyó. Y lloró.
Puta, es la hueá más penca que le pudo haber pasado. La Pamela ahora tenía un hijo, de dos años y medio. La mina le contaba en una carta hecha en hojas de cuaderno como esos de caligrafía, que el hijo era de él. Que ella lo sabía, porque a pesar de que se acostó con su marido ese mismo día y eso en un principio la calmó pensando que era de él, la guagua tenía sus mismos ojos. Y no me refiero a color: la guagua en la foto tenía los mismos ojos semi caídos del Leo, el mismo semblante, la misma sombra. Cuando el Leo vio la foto, se vio reflejado en la cara de un niño. Lo supo. Le quedó claro. El tipo estaba devastado en lo más profundo de las vértebras.
Después de varias horas de hacer nada en el departamento, hasta que las luces se licuaban en el horizonte y la ciudad empezaba a brillar, el Leo decidió llamarme. Y fue esa llamada de la que te hablo. Yo me quedé mudo: no podía entender cómo es que la vida daba tantas vueltas y cómo, precisamente, en la vuelta más retorcida que podía tocar. Le dije que se calmara y que más rato me pasaba a su casa, pero me dijo que no. Dijo que necesitaba estar solo. Y no le creí.
Una hora después llegué a la puerta de su departamento con una botella de ron. Golpeé, pero nadie nunca abrió. Fue a la bajada que el nochero me dijo había salido hace un rato. Y lo esperé. A eso de las 3am no aguanté más y me vine al departamento.
El resto es historia: el 4 de marzo hubo un accidente en la madrugada, en plena Alameda, que salía en las noticias de la mañana. La única víctima era Leonardo Rodríguez Pereda. Me rompí.
Según los informes de la policía y los testigos, el tipo iba corriendo por la Alameda, hasta que cruzó una calle, sin mirar hacia el lado en que una micro del Transantiago le pasó por encima y lo mandó a volar 20 metros más allá, cayendo en seco dejando una estela de sangre. Aparecimos varios del grupo ese día en el hospital. Pero no la Pamela. Entre sus pertenencias, estaba la dichosa carta y la foto. Y ahí fue cuando las investigaciones de policía y el resto, dieron con la Pamela. El esposo se enteró y mandó a hacer exámenes de ADN, comprobando que lo que decía la Pamela, era verdad: el hijo era del Leonardo. Y su nombre era, curioso, Joaquín.
El tipo, furioso, dejó a la Pamela y pidió el divorcio. La Pamela terminó sola con el niño en la casa de sus padres. Hasta hoy dicen que son los papás los que crían al cabro chico y que la Pamela está un poco fallada. No tuvo cargos, fue un accidente.
La mamá del Leonardo cada tanto va a ver al niño y según me contaron, siempre termina llorando cada vez que va.


Te cuento esto -a pesar de que no es la primera vez que te cuento la historia-, porque la vida es cuática. Porque hoy es 4 de marzo y porque hace 2 años que el Leonardo no está. Porque es extraño como un amor puede matarte o puede salvarte. Porque, por ejemplo, tú me aceptaste y has estado conmigo siempre y desde que pasó esto, creo que soy capaz de sentirme afortunado de que tú me hayas tocado y no una mina como la Pamela. Como que me hizo crecer un poco, sentirme mejor, aferrarme a tierra. Y también porque se lo debo a un gran amigo, que murió con el corazón roto. Con los hueso quebrados y los sesos sobre el pavimento frío en una ciudad fría. Porque creo que es una lección y que nadie la debería de pasar por alto.
La vida y el amor no son juegos. Y la Pamela nunca lo entendió. Y por jugar y jugar, no se quemó ella tanto, si no que incineró la vida de la persona que quizás más la quiso en toda su vida.
La vida mata, sí, pero a veces puede matar de la peor forma posible.
Es por eso mientras esté a tu lado siento que me mata, pero lento y no duele para nada.
Porque a diferencia de este caso, tú me salvaste.
Tú no jugaste conmigo.


Ya, lo siento: dame un beso. Te prometo que no volveré a tocar el tema.
No quizás, hasta el próximo 4 de marzo.
Vamos a comer algo.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Trotamundo.

Un cerro y me deslizo. Caigo rodando sobre la hierba espesa que es como olas que se amontonan en mi piel. Estoy medio despierto, medio dormido. Siento el sueño acumulado en los párpados, cerrándolos a fuerza, apretándolos contra la almohada. Siento piel. Una escena que se extrapola. No, no es tan así.
No sé cómo medir el asunto. La imagen se detiene y se congela. Freeze. No hace frío, hace calor. Un abrazo, quizás. ¿O es sólo hierba? No supe si era el sol abrazándome desde la cordillera o si eran brazos. Mis oídos escuchan palabras convertidas en sonidos mínimos, monosílabos, haciéndome peticiones y yo respondiendo sin sentirme presionado. A gusto. Y el momento se pone en repeat. Se estira hasta que la cinta llega a su fin y es imposible seguir grabando.
Estoy despierto y nada lo soñé. Tuve razón desde el principio y me reí por ello. Sonreí.
A pesar de todo, sonreí: porque las espinas que crucé para poder librarme de los cerros largos ya no estaban. Mi piel estaba rota y las magulladuras ya no sangraban. Habían heridas, pero ya no importaban. Había despertado completamente y lo que pensé era sueño había sido verdad. Lo sabía, pero no había forma de hacerle comprender a mi cerebro que así era, hasta que tuvo pruebas.
A pesar de todo lo ocurrido, de nuevo sentía el calor. Y yo corriendo siempre hacia el oeste, para evitar que ver los rayos aparecer desde el este.
Pero el este me alcanzó y justo en el momento indicado.
Otra vez amanecía.
Y está bien.

martes, 2 de noviembre de 2010

Máquina de mañanas.

Estadio vacío lleno de cúmulos de estática, de polvo, de entrañas.
Sigo esperando agarrar una cuerda y estirar las horas.
Las estiré larga, pero nunca suficiente y ahora que recuerdo haber saboreado cada segundo,
lamento no haberlo saboreado el doble de lo que se pudo.


Recito los lazos de tiempo y busco vehemente serenidad,
la encontré lo aseguro, lo creo, lo rezo,
esperé encontrarme de bruces con mi deseos e incertidumbres
y encontré más de lo que pude meter en mi cabeza, mi cerebro, mi sobre.


No explico, no rebusco, no limito.
Me dices "no sé, no sé" y yo imito,
cierro los ojos, no los necesito y te respondo:
"yo tampoco sé, yo tampoco sé, no necesito saberlo".


Sentí que el espacio respiraba en mi cara y que las paredes abrían,
sangraban, se escurrían y se tendían a lo largo de las nieblas olvidadas del último día.
Abrí la boca y pensé que caía como pez en cebo,
pensé que había arruinado todo de una y dos y tres con miedo.


Me dices que nada y no sé si me reservo los comentarios que asoman en tus comisuras,
te creo y los candados melancólicos esperan los dientes de tus llaves en letras,
saliendo de tu boca como balas de salva, como titoteos al aire, libres, reveladores.
Espero en silencio que las noticias sean dulces y bailables, serenas, cercanas y atesorables.


Me miré en martes, supe que fui fin de semanas y que goteé anhelos.
El cuerpo, perdido, ahuyentado por los pájaros negros anidando, echando raíces, pegados en tu espina,
Y yo con cruces y a la deriva, camuflando marchites, aguantando, tragando saliva;
escuchando a mi cerebro suplicando por paralelos con demasía, incrementos y quizás alegrías .


Escrito y sin borrón pero con sangría, señalando el expresso, las vías, tu vida;
me lloré las sábanas y los cantos del gallo al salir el día, contento, con sueños, durmiendo, despierto.
Sin huesos licuado, con el alma en la boca, con los pies en el techo y las manos en roca tierna,
los ojos en Marte, la lengua en el estómago y el corazón en las piernas;
miré, vi el horizonte, vi la luz, vi la sombra, vi todo menos eso y eso era mañana añorando drogado algunos ejemplos.


No dije nada y no callé todo. Sordo no lo dijo, mudo no lo oyó. 
Era más fácil comprender el hecho en rojo vivo que los dramas en milímetros.
No sé qué pase ni sé que espera la vida, la risa, el fuego ni la ceniza.
Me quedo con las noticias. Me quedo con eso y con las aletas al respirar como almohadas.
Me quedo con el aire y con la máquina de mañanas.

domingo, 31 de octubre de 2010

Ebriedad: concepto erróneo.

Revisé tres veces mi pieza antes de salir. No encontré vestigios tuyos, no encontré nada que llevarme al salir más que el recuerdo. Las estrellas no parecían nada más que ideas que se suspendían sobre mi cabeza: insistentes, lánguidas, persistentes, decaídas. Pisé tu ciudad y esperé más de lo usual y no pasó nada. El estrecho entre las calles era un débil velo que resguardaba el licor. Un pretexto más, que va.
Uno y dos y tres para adentro. Cuatro, quizás. Podrían ser más. La noche es larga y da lo mismo, nadie pesca a nadie y es normal ser anormal. Miro los ojos y siento como me persiguen. Paranoias aparte. Quizás es verdad. Siento que taladran y buscar, reacios a lo cierto, enfermos, olvidados. Sus cuerpos populan las calles como zombies, esperando caer en tentación y sin librarse del mal, amén.
Sentí -creo, no lo aseguro, puede ser un espejismo- el paso del engranaje de los días sobre mi piel. El cambio incesante e inestable de los hechos y sus horas y sus sonrisas borradas, sólo almacenadas como una débil imagen fragmentada en mi mente. Si cierro los ojos, puedo verla mejor, si los abro el cine para de proyectar.
No es que no vea, no es que no sienta, no es que no crea, no es que pretenda alejar. Soy un nervioso y los sueños me provocan terror. Soy un niño en su primera fiesta, su primer día de colegio, su primer beso. Soy un primerizo en mi vida. Soy nuevo en todo lo que ya viví.
Tuve un presentimiento y lo volví comida. Lo mantuve dentro mío por si algo ocurría. Tuve en mis manos el número que quise marcar y no lo hice. El saber lo que sucede, adelantarse dos segundos a lo que va a pasar quitaba toda sorpresa. Y entonces miré al mar y un barco me lo tapó. Traté de rastrear el horizonte, pero me perdí entre los recuerdos y las luces y los deseos que le pedí a esa estrella fugaz que terminó siendo un avión con gente esperando volver.
Caminé a ojos cerrados mientras los hombros de la gente creaban moretones en los míos. No me importaba: el ritmo y el paso estaban en mi mente y se conectaba por mis huesos a mis pies. Caminar hasta que sangren las plantas de los pies no es mala opción. Quiero detenerme. Fumé un cigarro. Me detuve, al fin.
Calculé que faltan exactamente 184 piezas en mi puzzle. De las cuales sé donde están dos. Y hay una que perdí y que no quiero buscar. Oía las micros pasar furiosas, cumpliendo de malas su deber. Y sentí que mi casa estaba tan lejos y odié la ciudad y sus perros y su gente y sus edificios que al amanecer se atoraban de cuerpos mal olientes. Cuerpos ajenos y vacíos. Cuerpos esperando estallar.




Siento que mi cuerpo me deja. Mi mente baila en serotonina barata y mi sangre en alcohol de mediana calidad. Es todo una ilusión que no cesa, es un show que nunca acabará. Y pienso que las calcetas que tiré sobre la tele estaban frías y que mi pies no sangraban en lo absoluto.
Quise que estuvieras presente pero no fue así. Quise conversarme otra cerveza con mis amigos. Quise saber los secretos que ocultas bajo tu pelo. Quise conocer tu vida a ver si me inspirabas a escribir. Quise oír a ver si tenía algo que aportar. Quise vencer el nerviosismo y actuar en serio. Quise poder ser un aporte importante a tus días. Quise que todo esto fuera verdad.
Y con esos pensamientos vagabundos en mi mente es que me fui a dormir.
Para tratar de comprobar si es que durmiendo se puede descansar.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Pronóstico incierto.

A kilómetros lejos del mar mis ojos no cierran
la puerta, onírica, sedienta, se asoma por la ventana
como si de pájaros carnívoros se tratase
ingresan por mis poros, comen, cagan, renacen.


Recojo una a una las piezas y las formo en línea
sus cánticos, fragmentos de mi cabeza, oscilan disparejos
mezclados y revueltos los aromas y los sentimientos:
son la cordura, lo insano y entrega
la rabia, la risa y las puñaladas en la espalda 
las esquirlas que bailan en mis piernas.


Te odio por todas las semillas que plantaste en el campo de mi cuerpo
cuando las arrancaste y mataste la tierra para que nada creciera de nuevo
te dije que nada sería tan enfermo y quién no falla si es de adentro
la más inocente víctima fue la que provocó perder mi credo.


Me levanto y la incertidumbre a tiempo conmigo
la esperanza y la seguridad deciden enredarse en la sábanas una vez más
se turnaron de nuevo, como juegos de espadas y escudos
cada tanto uno llora y otro duerme, cada tanto estoy solo o con gente.


Lloré la noche y cubrió el día, a media, nada de luz transmitía
perdí mi ropa y organicé un duelo, me vestí con terno y recé ateo
mientras los ocasos se apilaron uno tras otro sobre mi boca
sin agua, sin sabor, sin gin ni vodka.


Me lamenté el sexo, la carne y el desvelo
nada existía, sin comas ni ceros, ni ganas ni hambre ni suelo
y el oro brillaba en tu piel de talco, errante
como una jugarreta, un sonsonete extraño
una nueva luz olvidando el pasado.


Te creo o no te creo, pienso mientras escribo en mis dedos
quién se salva o quién rompe en dos el silencio
puse sobre la balanza mis brazos y mis miedos
supuse ver el resultado, pero estaba ciego:
caminar sobre la vida es cuestión de celos.


Y que te digo, entonces, no doy nada por cierto
confirmo que las leyes son como feroces carneros
tú una mujer con dos caras y cuatro ojos, en perfecto alineamiento
yo un equilibrio que se tambalea entre vagos cimientos.


No sé de lo que hablo y no me entiendes
lo intentas, pero desistes al leer mis cicatrices
el tiempo las dejó de sangrar y las hará de tapar por completo
cuando terminemos de recoger los pedazos de nuestras vidas pasadas,
ese día, mi alma cansada e inquieta podrá alcanzar,
eso, eso mismo que tú creas en tu seno, tu vientre y tus besos.






____________________________________________
Bien o mal, me da igual. Se me ocurrió, salió y está.
Uno nunca para de experimentar, uno nunca para de probar cosas nuevas de cómo exteriorizar todo lo que se almacena dentro.

viernes, 20 de agosto de 2010

Conexiones.

2 de abril.

Escena 1.
Ella mira, sin expresión aparente, través de su ventana casi a media tarde. El día le ha parecido eterno y las charlas vacías. Siempre lo mismo.
Esto no había sido fácil, obvio, pero era lo más sano después de dejarse mentir por tanto tiempo. Alguien tenía que cortar con la mala onda. Ella tomó la iniciativa.
No habían más excusas para quedarse melancólica entre las sombras de su habitación, tomó un bolso y salió a caminar. Refugiarse en la gente estando sola era más mimético.
Su corazón se había detenido, pero el mundo no paraba de girar.

Escena 2.
Él tiene su cabeza sobre sus manos. Las canciones de empleada suenan en sus audífonos. Al walkman le queda poca pila, el cassette de Tool suena lento -más lento que el momento mismo- con poca batería, no había otra elección.
No; no había otra elección.
Fue todo rápido y frío. Él esperaba una mínima muestra de dejo, de pena. Nada. Fue un simulacro de pérdida.
Algo andaba mal y no era él. No se tardó en notar: salió a la luz pronto y la situación comenzó a comérselo. "Cuando el río suena, es porque piedras trae". Nunca se dio cuenta cuando la piedra estalló en su cráneo.
Le dio un golpe a la pared y se paró. No habían más excusas para quedarse melancólica entre las sombras de su habitación, salió a caminar. Refugiarse en la gente estando solo era más mimético.
Su corazón se había detenido, pero el mundo no paraba de girar.

Escena 3.
Ella camina por la calle en dirección al norte.
Él camina por la calle en dirección al sur.
Es una tarde fría con un sol que intenta entibiar. Las calles almacenan hojas que tapan las rendijas del subsuelo, aglutinando pozas. Cada tantas cerámicas un charco suena en los pies.
Pareciera como si la tarde estuviera siendo tocada en un piano: lenta, grave, en llave de sol.
Ella mira hacia al suelo y cuenta los pasos que camina mientras intenta olvidar.
Él mira hacia los rascacielos, escuchando a un locutor hablar sobre alguien que murió, mientras intenta olvidar.
A las 16:48 ella y él se encuentra frente a frente en el medio de una cuadra.
Ninguno se mira. Doce segundos después, la tela del polerón de él roza el brazo de ella al pasar a su lado.
Ninguno lo nota.
A las 16:49 ella y él están de espaldas uno del otro.
Nadie se detuvo ni miró al otro. Dos corazones detenidos se cruzaron, pero no tuvo ninguna importancia.


21 de abril.

Escena 4.
Él intenta llamar desde un teléfono público.
Ella camina por la calle hacia la casa de una amiga.
El teléfono contesta del otro lado de la línea, pero él no se atreve a hablar. Cuelgan. Intenta llamar de nuevo, pero la moneda resbala de sus dedos y cae rodando a los pies de alguien.
Ella se agacha y toma una moneda. Levanta la vista y se la pasa a un chico.
Él mira a una chica que recogió su moneda.
Ella y él se quedan mirando a las 15:28 como si se conocieran de antes.
Ninguno dice nada. Ambos sonríen por cortesía.
Dos corazones detenidos se miraron, pero no tuvo ninguna importancia.

Escena 5.
Ella está en casa de su amiga. Ella mira en el televisor un concierto grabado en VHS con un tracking mal hecho.
Su amiga le pregunta sobre todo, preocupada, pero ella le responde que ya da lo mismo.
-Todo va a sanar, va a pasar -intenta hacerse creer.
Su amiga le dice que a todo el mundo le pasa últimamente, que conoce a alguien más en la misma situación.
Suena el timbre, su amiga se para y sale al patio delantero. Entra y no está sola.
-Sí, después hablamos de eso. Te grabé los cassettes que me pediste.
Él entra en una casa, la casa de una amiga. Trae un pedido que le habían hecho y que había olvidado traer hace un tiempo.
-¿Estás sola?
Él corta la frase.
Ella deja de ver el televisor y mira a su amiga y a él.
Ambos se miran y se reconocen.
-No, hoy me vino a ver una amiga. Clau, te presento a Julio; Julio, Clau.
Él se acerca y le da un beso en la mejilla.
Ella se acerca y le da un beso en la mejilla.
Dos corazones detenidos se besaron, pero no tuvo ninguna importancia aparente.


1 de mayo.

Escena 6.
Él toma una Free, mirando hacia el parque.
Ella escucha una canción en un walkman que no es suyo.
-¿Te gustó?
-Mucho.
-¿Quieres bebida?
-No, gracias. Y, ¿hace cuánto que todo esto pasó?
-Hace poco. Como un mes.
-¿Qué día?
-2 de abril.
Ella deja de verlo y mira hacia otro lado, pensando.
Él se para y se acerca a un basurero.
Ella lo mira parado un tanto lejos. Se asusta pensando en las casualidades.
Él queda frente el basurero, como si dudara de botar la lata. Piensa en que algo raro sucede y se asusta.
Ella enrolla los audífonos con cuidado.
Él vuelve y se sienta a su lado, donde estaba.
-¿Y lo tuyo?
-Da lo mismo, no quiero hablar de eso.
-Ah.
Ella posa el walkman en su regazo y observa a lo lejos.
Él la mira, pero desvía su mirada al posar su mano en el pasto para jugar, arrancándolo.
Ella le pasa el walkman y se para.
-Hace frío, me quiero ir.
-Bueno, vayámonos.
A las 19:22 ellos se paran y se comienzan a despedir.
Él le desea suerte y se da media vuelta.
Ella se gira y comienza a caminar.
Dos corazones detenidos se encontraron, pero no tuvo ninguna importancia aparente.




Ella se da vuelta y lo mira.
Él se da vuela y la mira.
Es un momento que se hace eterno, como la tonada final del piano, resonando. Los autos no suenan y los colores de la ciudad se ven teñidos del débil naranjo del final del ocaso.
Él comienza a abrir la boca para decir algo.
Ella dice algo.
-¿Mañana tienes algo que hacer?
Él cierra los labios.
Ella lo mira, apurada, nerviosa.
-No.
Él sonríe.
Ella devuelve el gesto.

A las 19:23 dos corazones detenidos se preparan para volver a latir.
Esta vez, con la mayor importancia del mundo.


Cortinas.

jueves, 22 de julio de 2010

incoherencias sin sentido. trauma de una mente sin crecer.

no quiero, no quiero. tiempo, no tengo, correr, quedarse y asumir. cambiar, lo necesito, tiempo, espacio, propio, personal. miedo, mucho miedo. aterrado. avergonzado, destruido, por dentro, tan dentro. shame, shame, shame. tan apático, tan parqueado, tan solo. tan necio. tan inerte, tirado, llorando, largas esperas. futuro desvanecido, lata, hecho, sin crecer. crecer, nacer de nuevo. vivir lejos. vivir cerca, no alejarme del todo. futuro, vida, mañana. desconozco el camino, desconozco que soy. tanto terror, tanto daño. tanta pena. discúlpame, no sé qué hacer. no sé donde estoy. años que se fueron y yo no estaba. este es un cuerpo vacío. cuerpo sin alma. yo sólo sé caer. enséñame. tantas manos y nunca cogí nada. todo atrasado, mi vida es un retraso. lento y caída. frío. no hay motivación. "qué quieres hacer?" no sé. te tinca desaparecer? silencio, neutro. muerto. en serio. zombie, vegetal. tanta piel que no siente, tanta piel muerta. llorar en películas. sólo sentir con películas. vivir con películas. necesitaré anteojos. necesitaré otra vida para reparar esta. y tan hueón. tan poca cosa. quiero, necesito, busco ser más. quiero cambiar. quiero salir de esto. quiero vivir lo que me toca. caminar, andar, correr libre. vivir, ver, sentir sin culpa. no quiero más culpas. culpable, totalmente. un (unos) secretos que nadie sabe. secretos que asfixian. sin aire. cigarros. lentamente a olvidar. tan buena memoria y de nada sirve. recordar los traumas. recordar los golpes. las caídas, contarlos en historias. historias. mentiras. historiador de pacotilla. tocas fibras, corazones, almas y no ser capaz de soportar la propia. maldito. perdido. bingo, la palabra es perdido. completamente. absolutamente. help, i need somebody. alguien reirá. de mí. tan tonto, tan básico.tan dañado, sin comprender. no sé nada. nunca lo supe. nunca fui bueno. necesito parar. stop. tiempo. donde quedó todo ese tiempo? días, que se pasan en un parpadeo. días que se fueron y no estuve. 23 años durmiendo. 23 años congelado. frío. culpable. necio. perdido. errado. quiero ser libre, sacarme las cadenas. ahogar el pasado. renacer. otra oportunidad perdida. otro brazo que se va. no llores. discúlpame, nunca quise hacer daño. discúlpame por no saber lo que soy. discúlpame por no saber cómo vivir. discúlpame por disculparme. discúlpame por no ser lo que siempre quisiste que fuera. discúlpame por no saber lo que yo quería ser. ser. ser. Fallé.



____________________________

Es la entrada con menos sentido que he escrito. Y la que más me da miedo. Y, más, curiosamente, la con más sentido y más desnuda que alguna vez podré redactar.
Y eso, me aterra.

domingo, 11 de julio de 2010

Lento y caída.


Siento que me moví lento. Siento que el tiempo avanza y me agoto con él. Pensé, durante un rato, con las luces apagadas y sólo reconociendo mi forma por la tenue luz de la pantalla del computador, que todo ha sido una mutación rara. Que el tiempo, el reloj, los lapsos, han avanzado y, si no me he quedado atrás, me he arrastrado. Algo a la fuerza, algo torpe. Cada día más lejos. Y yo echando de menos las siluetas que quedaron después de los adioses. Falta tanto...
Falta y se pierden cosas. Épocas enteras y yo estaba sentado. Creo que abrí mis brazos para abrazar y estaba todo tan vacío. Tan neutro, si nada. El aire entre mis brazos no era suficientemente sólido para sentir que no estaba tan solo.
Pero así estaba, en un espacio lleno de aire y nada y segundos tirados en el suelo.
Con brazos vacíos, la boca seca y mi cerebro llorando despacio.
Ya no tengo ojos, creo. Ya no tengo mucho futuro, tampoco. Sólo silencio.
El mañana se desmorona aunque piense salvarlo y ya nada me queda tan claro.
Creo que no me encuentro. Me perdí alguna vez, me solté para encontrarme, pero eso no ha sucedido. Encontré importancias en el medio, pero se fueron. Y sus espaldas a los lejos me recuerda la última vez que te vi caminar, con polerón blanco.
Creo que no sé mucho ahora. Creo que toda la envidia y el dolor y la pena y las rabia contenida, el preguntarme qué quiero ahora, el tener estas imágenes en mi mente, el pensar en el color del vino y todas esas cosas... creo que todo se desvanece. Creo que todo se contiene y solidifica, como sangre que después de brotar tanto ahora coagula, pero la herida no cierra. El sentimiento -la pérdida, la perdición, el extravío y la incertidumbre- no cesa, sólo muta. Se transforma.
Queda.

Queda y es lo único sólido que puedo abrazar, porque los cuerpos están lejanos. Cualquiera de ellos. Están todos lejos y el calor de otra alma no alcanza a llegar. Creo recordarlo, tocar una mejilla y quizás un cabello, unos brazos. Ojalá pudiera existir de nuevo.
Ojalá no me seque por dentro ahora que está todo a punto de cambiar.
Ojalá que mañana pueda volver a escribir aquí.
Ojalá que ahora que sólo deseo dormir las horas me tengan piedad y alarguen su compás.

lunes, 5 de abril de 2010

No more.

Cuando te vi, estabas en la calle de al frente. Te observé de arriba hacia abajo y daba lo mismo: lo que veía no era lo mismo que estaba. No me viste, lo doy por hecho, no tenías como y así estaba mejor. Tu ropa era completamente diferente, tus gestos ya no estaban. Quizás sí, estabas mejor. Qué sé yo, por suerte no sé leer mentes. Tenías otro peinado y te reías distinto. Todo lo que alguna vez habías sido tú, se había perdido en otras ropas y en otras bocas. Ya eras, por supuesto, alguien totalmente irreconocible. Un persona totalmente nueva y ajena.

Mientras te veía, mientras observaba tu cara con detenimiento, vi tus ojos. Igual que varias personas que dejó el tiempo atrás, tampoco sabes mentir con ellos. Cuando los vi con detenimiento, me di cuenta que no habías aprendido nada. Absolutamente nada. No necesité leer algo, que me dijeran, preguntarte: estaba claro. Cada loco con su tema, dicen. Cada tipo con su vida. No sé, en realidad, no podría ni quisiera definir lo que sentí cuando eso pasó. Caía fuera del tiesto. Muy fuera.

La tarde pasó rápido, mientras yo me quedé fumando un cigarro. No sé si en ese momento quise golpear algo o sólo tirarme en el primer bus que saliera fuera de la región. Me pregunté cómo es que todo estaba fuera ahora. Cómo era posible que todo girara más de 180º en un sólo segundo. Cómo era posible que todas aquellas obras de ficción fueran sólo una pieza de nada comparado con esto. Con la vida y todo eso. Conmigo.
El silencio se hizo la opción más viable. Esa, junto a la decisión totalmente necesaria de este momento: decidir si esta última imagen que veía tuya sería mi recuerdo para odiar o englobarte por el resto de mis días o si sería un paréntesis negro que dejaría archivado en la carpeta de "nunca recordar" y pasar de largo.
Escogí.
Tenía que ser solo una y escogí.
La decisión fue tomada.
Ni idea si será la mejor.

Mi cajetilla se había acabado. La urgencia ahora era, comprar otra y para eso tenía que marcharme. De partida, nunca supe por qué me quedé tanto tiempo parado en esta esquina. Y, antes de irme, te miré por última vez. Y te reíste a lo lejos, pero tu sonido se escuchó hasta acá. No parabas. Me puse mis audífonos y tapé con ellos todo posible sonido. Cerré los ojos y me di vuelta. Sabía, con creces, que si no nunca, en mucho tiempo no volvería a pisar este lugar. Y que si estuviera cerca, lo evitaría a toda costa.
Por que en este lugar ya no quedaba absolutamente nada para mí.
Ni aquí, ni en las avenidas cerca de mi casa.






¿Quieres saber lo más raro de todo esto?
¿Sí?







Nunca pasó.
Nunca estuve en esa esquina.

jueves, 18 de febrero de 2010

Improvisando el dormir.

Muchas veces he creído que nunca voy a entender nada bien. O sea, del todo. Cuando pasan los días y me siento un observador en la vereda de al frente los veo a todos y a veces me asustan. Gracia de la vida, o una cosa así.

Es tarde. Debería estar durmiendo hace rato. Lo intenté y no funcionó. Veía tele, radio, pensaba, escribía notitas. Mañana viajo. Tengo mucho que hacer en la tarde y estoy aquí gastándome los ojos.
Tengo ganas de viajar. De comer helado en av. San Martín o de ir a ver ropa a esa especie de caracol lleno de hueás metaleras. Quizás ir a las termas (que de termas tenían poco y nada) o quedarnos varados de nuevo en la montaña comiendo pizza esperando que algún bus pase durante horas. Sé que no será lo mismo, esta vez. Para bien, o para mal, es un viaje distinto. Quiero pensar que para bien, nunca de tan mala espina, creo. No tengo nada planeado, claro. Ni muchas ideas, sólo dejar que fluyan los días como deben ser. Y tratar de pasarlo bien. Dicen que cuando uno lo pasa bien, el resto de las cosas se hilan para que lo sigas haciendo. Si eso es verdad, sería la raja.
Quizás sería bacán eso que pensé la otra vez: de dejar los problemas en Chile. Partir y dejar los problemas acá. A veces sirve para apartarlos por un tiempo y respirar. A veces, para que desaparezcan. O quizás estar al otro lado de la cordillera y empezar de nuevo. Nuevas etapas, ciclos, eras. Todo, por muy longevo que sea tiene muchas etapas. Cuando una comienza a flaquear es hora de cambiar y adaptarse. Ese es como el secreto, creo. Los viajes hacen bien. Supongo que este hará también.

Es sólo que a veces la realidad aterra. A veces, uno por otros paga. Sea como sea, viajar sirve de eso. Aun cuando fuera el fin del mundo creo que sería como lo último que haría antes de que todo estallara. Quiero viajar. Curioso, cuando hace un par de días era cuando menos lo quería. Cuando más miedo me daba. Supongo que son de esos estados que saltan no más. Se mantienen un tiempo y se van. No hay lado donde no haya días o temporadas donde llueve por un par de días y luego puedes ver el sol otra vez. Me carga la analogía del cambio de clima con el de ánimo, pero no tengo muchas ganas de pensar lo que tecleo.

Es curioso como un par de palabras de aliento a veces te sacan de un hoyo. Es curioso también como a veces las palabras justas de la persona precisa te tiran a uno. O los ojos. También pueden provocar ese efecto. Hoy ha tenido mucho de eso. Y poco, también. Echo de menos un par de conversaciones miradas. Y otras habladas durante horas. Bueh, como dije: etapas. Fases. Todo pasa por algo. Todo, incluyendo lo malo o lo imprevisto. Quizás no es destino, pero sí algo entraño entre eso y las probabilidades. O sea... pensar que mi futuro no está basado en mis elecciones es algo que me aterra. Pero tampoco es tan así. Si uno lo piensa, quizás el futuro sí se lo crea uno. Pero ese destino esta creado por la decisiones de uno mismo. En el fondo, no es tan alocado. Es como seguir siendo el protagonista de tu historia, tomando las decisiones, organizando tu vida y todo de una historia que es más grande que uno y que quizás tiene otras tramas de por medio que también ya tienen una especie de rumbo o algo así.
Ehhhh, no sé, me enredé. Es complicado explicar mi punto así como así en una hora como esta, en una situación como esta y en esta forma.
La cuestión es que no hay casualidades. Eso lo tengo más que claro. Recuerdo unas muy bacanes y shockeantes durante el último tiempo. Muchas de las cuales me hicieron darme cuenta de muchas cosas que no tenía tan claras. Y algo tenía ese momento en que ocurría. Algo que no es posible sentir de otra forma.

Uhm. No creo que deba continuar escribiendo esto. Debería dormir y no estoy logrando nada.
La cuestión es que quiero viajar. Quiero pasarla bien y quiero que todo siga girando. Las cosas pasan por algo y aquí estoy. Porque como alguien me dijo cuando terminaba el 15 de enero de este año, tarde, como a las 3:35 am: estoy "aguantando". En el buen sentido, claro. Estoy tratando de hacerlo, estoy tratando de aguantar los días difíciles para salir vivo de esta. Y para no perderme. Y para lo que me dijeron esa vez.
No creo que sea el tipo más rudo o fuerte, pero lo intento. I try so hard. Y no es la primera. Y espero, no sea la última.



Anyway. Me extendí.
Quedan pocas horas y harto que hacer. Let's say good bye to the bad feelings.
Un cigarro y a dormir.
Bye, Chile.

martes, 16 de febrero de 2010

This is not a secret.

Some pictures makes me laugh. Some makes me cry. Some... both.
There are certain questions that remains hanging in the air. Certain things that when are just thought, are yet unfinished. Everything that happens outside of my eyes is weird. It's funny how the days are so different. And long.
I have something inside. No stops. I hate self-reference, but it's like listening to different bells. The tunes are not the same, are like two different songs. One is like classical music before bed, while the other is a quick and extreme tune. As sadness and faith. Like when your body feels it is not consonant with your soul. Something is missing. In some ways, it is there. There have been worse times, of course. Best, too. It is a middle ground. As no man's land.
Like being lost in the known.
Life causes this. No blame. Shit happens.
The important thing is to believe, I suppose. Anyhow, if I say that I'm missing, would not be new.
Anyway, everybody knows it. Including who should know.
That calms me a bit. That makes me hang in the air too.

I just hope I'll wake up in a morning as once I woke up with eyes glued on mine.
Hopefully.
That would be happiness, again.

I'm missing, and that's not a secret.
I'm loving, and that's not a lie.

I guess this is another test to myself and us.

"-you think a kiss can fix it all?
-yes."

martes, 9 de febrero de 2010

952.

Día 1:
Para Francisco, estar en su ciudad homónima no era tan glorioso como lo hubiera pensado. El silencio circundaba en sus oídos, taponados con los audífonos baratos que encontró antes de salir. Las vigas del tren no se oían en lo absoluto, la música que debería estar reemplazándola estaba muerta. El paisaje no cambiaba en lo absoluto: la enormidad de la ciudad le aterraba un resto. "Viña es un suburbio" pensó al ver la extensión de los edificios que se perdían detrás de otros.
Esto no era casa. Este era el mundo nuevo que le habían prometido.
Nadie le había advertido que iba a ser lo más difícil que pasaría jamás.



Día 104:
Los meses habían pasado rápido. A pesar de todo, del bachiller, del trabajo de medio tiempo en Carol's, del idioma ajeno que no podía colarse en su mente; Francisco esbozaba una sonrisa. El departamento cerca de la facultad -algo viejo, como de los 40, con astillas en algunas maderas y con techos como los de Valparaíso- era cómodo, con un aire a conocido. Un refugio donde su pieza, en el segundo piso, repleta de libros en español y uno que otro en inglés, lo mantenían distraído. Ocupado. Todo parecía ir bien. Todo parecía estar tapando el vergonzoso pasado.



Día 217:
El cielo está gris. La calle húmeda. Francisco se balancea en la silla pensando en cómo escaparse de las ideas que tiene en su cabeza. Después de haber escapado con su madre de Chillán, estudiar Psicología en la Católica de Santiago y haber aceptado la beca en la USF, las cosas parecían haber remontando. Haberse ido de menos a más. De la nada a todo. Pero, al parecer, el fracaso es genético, la locura, la tendencia al vaso vacío estaban tan arraigado a su sistema, a su vida, a todos los aspectos de sí mismo que este asunto -esa cabeza llena de miedos y esos ojos distorsionando la realidad- no podría ser cambiado.



Día 410:
-¿Cómo un loquero puede enloquecer?



Día 608:
-El día ya no es lo que solía hacer cuando había luz.



Días 704 al 828:
Francisco da vueltas. Cada cierto tiempo viene mucha gente y lo visita. Sus ropas son distintas a las de él. Ellos lo miran y anotan. A veces, vienen chicos como de su edad. Ellos lo miran asombrados. Las chicas no le hacen caso. Él quisiera invitar a una a salir. Hacerse amigo de uno de esos chicos e invitarlos un trago.
Nada pasa.


Día 952:
Hoy era el día 952. Hoy, hace 952 días atrás, Francisco tenía la esperanza de haber escapado de todo asunto, todo daño colateral, directo e indirecto. Las marcas del cuchillo cazador hechos por su padre era lo único que quedaba de Chile en él. Ya no hablaba español. Ni inglés. Balbuceaba. Tenía un anillo, regalo de su madre. Se lo habían quitado cuando lo internaron. Nunca más lo vio. Ya había pasado demasiado tiempo dentro, pero para Francisco ya no importaba. Ahora se sentía seguro. Seguro, pero con un miedo eterno.
Nadie lo venía a ver, su madre había muerto hace dos años. Dicen que fue cuando se enteró que a Francisco lo habían internado en una institución mental por orden del decano de Psicología de la USF. No lo soportó y se murió de la impresión.
Lo curioso de todo esto, era que su carrera, su vida, se basaba en explicar cómo su padre había decidido a acuchillarlos a ambos. Y al verse fracasado de haberlos matado, haberse rajado el estómago botando sus intestinos mientras ambos estaban amarrados observando la escena atónitos. Su vida se había basado en ingresar a la mente de su padre. A explicar cómo alguien comienza a pudrirse por dentro hasta explotar. Después de tanto tiempo fue capaz de comprender que no había sido su padre quien se había podrido. Él había descubierto que todo lo que lo rodeaba era lo que se había podrido. Su esposa, sus amigos, su vida entera estaba recubierta por un hedor que no era posible tapar.
Francisco se dio cuenta de lo mismo. Su carrera, su viaje, la gente que conoció. Pero por sobretodo, las relaciones humanas. La gente. La no entrega, las mentiras, las excusas que encubrían error tras error. Los besos de las mujeres que sólo querían sentirse acompañadas. Los amigos de palabra, entregados al egoísmo más puro. Los errores, las personas que se repetían en un mismo ciclo enfermizo, un círculo que se cerraba y cuando estaba frente a ti podías dilucidar cada mentira, cada vicio, cada engaño ocultado en palabras tiernas. Cada arranque de rabia hiriente, cada truco sucio bajo los pies. El no entender, el no sentirse completo dentro del mundo, el odiar cada tufo, cada mínimo olor escondido tras un desodorante de cada persona en San Francisco le hacía pensar que el mundo se pudría frente a sus ojos, como bailando decadentes sabiendo que van a morir.
¿Era la locura o la comprensión total?
¿Era la locura o haber observado a la humanidad completamente desnuda?

Tras los barrotes, tras la habitación blanca -impecable, sin olores que detestar más que el suyo propio- a Francisco le gustaba mirar el poner del sol. Y pensar que este era un sueño. O un problema muy difícil de resolver. Como un problema de un matemático, esperando ser resuelto, esperando ser entendido completamente desde todos los puntos de vista posibles. Y cuando lo hiciera, podría salir y hacerles entender a todos su descubrimiento.
Y salvarlos a todos.


O matarlos a todos.

jueves, 21 de enero de 2010

Antes.

Leo, leo, leo, reviso, creo, siento, aviso. Siempre el tiempo entremedio, siempre todo al mismo tiempo. Tardes vacías, enormes, llenas de nada, con el cuerpo asoleándose producto de las llamas. Nada, nada, nada. Si no hay nada en la tarde es porque todo en la noche se acumula. Y es imposible hacer todo al mismo tiempo. Todo, todo, nada. Prisa y lata. No me gusta, me siento aparte. Y no estoy. No estoy cuando la música comienza a soñar en los audífonos, tirados en el suelo, acumulándose en polvo cerca de un vaso que solía contener agua.

Ya no.
Ya no nada.

No hay gente, no hay prisa, no hay agua, no hay calor; el mismo cuerpo sigue tirado en las sábanas inerte. Nadie hizo nada, pudo ser un crimen, pero sólo fue inercia. Sólo fue nada, a picture in slowmotion, a fucking picture.
Pero ya no. El sueño, la noche, la rutina errante apalea y sofoca el día. No suena nada. Antes había música en los audífonos. Antes había algo.
Ya no.